Roque Joaquín de Alcubierre: el español que descubrió Pompeya

El templo de Isis, en Pompeya, hacia 1870 (Giorgio Sommer)

El descubrimiento de Pompeya en el siglo XVIII fue uno de los hitos más importantes de la historia de la arqueología. Sin embargo, pocos saben que quien realizó el hallazgo y sus primeras excavaciones fue Roque Joaquín de Alcubierre, un ingeniero militar nacido en Zaragoza que por diversas circunstancias ha caído en el olvido.

Heinrich Schliemann, Arthur Evans, Hiram Bingham, Leonard Wooley o Howard Carter son algunos de los personajes que, por sus descubrimientos arqueológicos, han logrado entrar de lleno en la Historia. Se siguen recordando sus hazañas, se les menciona en las escuelas y hasta se les dedican biografías, documentales, novelas y películas en las que se narran las vicisitudes de sus vidas. Son, sin embargo, casos excepcionales, porque rara vez los arqueólogos y buscadores de civilizaciones perdidas han logrado alcanzar una gloria semejante. A fin de cuentas, también la historia sabe ser injusta con muchos de los que tratan de desentrañar sus secretos.

Así sucede con el aragonés Roque Joaquín de Alcubierre. El hombre que hoy día apenas es algo más que una nota a pie de página en los libros pese a haber sido quien logró sacar a la luz la desaparecida ciudad de Pompeya. Alguien cuyo nombre todavía resulta desconocido hoy, también, entre la mayor parte de sus paisanos de Zaragoza, en la que nació un 16 de agosto de 1702 y en donde se formó como ingeniero militar.

Fue de hecho este oficio el que le llevó a Italia, después de trabajar en Cataluña y Madrid, para encargarse de las obras del palacio real de Portici. Allí, una vez instalado, comenzaron a llegarle informaciones de objetos enterrados y tesoros perdidos, así que, fascinado por la idea de sacarlos a la superficie, decidió pedir al futuro Carlos III, rey de España (que entonces, Carlos V de las Dos Sicilias), que le diese los permisos necesarios para realizar excavaciones. Este le dio su visto bueno e, inmediatamente, Alcubierre se puso a estudiar libros y terrenos, trazando mapas y planos, hasta que, con el apoyo de tan solo dos o tres trabajadores, comenzó a abrir pozos de hasta 20 metros de profundidad en la zona de la actual Ercolano (Nápoles) y a construir túneles subterráneos. Así, hasta que un día de 1738 alcanzó, tras muchos esfuerzos, una zona en que parecía haber restos de una ciudad antigua. Primero, su equipo vio una estatua de Hércules, y luego los restos de un teatro, decenas de pinturas murales (que hoy día expone el Museo de Nápoles) y numerosas estatuas. Acababa de encontrar la ciudad de Herculano, que había sido destruida por el Vesubio en el año 79.  

Alcubierre comenzó a estudiar libros y terrenos, trazando mapas y planos, hasta que, con el apoyo de tan solo dos o tres trabajadores, comenzó a abrir pozos de hasta 20 metros de profundidad en la zona de la actual Ercolano (Nápoles) y a construir túneles subterráneos

Los resultados y riquezas hallados maravillaron a Carlos III, que decidió patrocinarle, diez años después, una nueva campaña que le llevaría a hacer su otro gran descubrimiento: la ciudad de Pompeya. Apoyado en esta ocasión por doce  hombres (a ellos se sumaban otros tantos, que seguían trabajando en Herculano) comenzó las excavaciones. Y, pronto, empezó a hallar los primeros restos (como, por ejemplo, el anfiteatro de la ciudad). Y, desde entonces, no cesaron los trabajos y los descubrimientos. Todo, en un clima de trabajo que no resultaba, desde luego, fácil, como dejó claro en una carta que dirigió al rey: “Habiendo muchos años que puedo asegurar no haber tenido casi un día de reposo, pensión del empleo mío y, sobre todo, que es lo que ahora más contribuye, el que atado con una cuerda he bajado más de 200 veces por un pozo a las excavaciones, exponiendo salud y vida por el gusto que conocía tenían S.M y V.E. de lo que se iba encontrando”.

Roque, además, lidiaba con las reticencias de algunos miembros de su equipo, sobre todo, el ingeniero suizo Kart Jacob Weber, con el que desde muy pronto había chocado. Por eso las excavaciones se realizaron en un ambiente enrarecido lleno de críticas que aún hicieron se mayores cuando entró en juego Johann Joachim Winckelman –a quien se le considera como el padre de la Historia del Arte y de la Arqueología-, que con sus cartas e informes contribuyó enormemente a que Alcubierre cayera en el olvido. No en vano, inició una campaña contra él y contra su forma de excavar, asegurando que lo único que buscaba era extraer el mayor número de objetos valiosos. Algo que, pese a que seguramente era cierto, tampoco era extraño en la metodología de la época (hay que recordar lo que en esos mismos años hizo Lord Elgin con el Partenon para llevarse sus piezas a Londres). Aún así, y pese al ambiente, el español siguió trabajando, y aún tuvo la oportunidad de descubrir en 1763 junto a la Puerta Nocera la inscripción que le permitió certificar que estaba pisando la legendaria ciudad de Pompeya: “Res Publica Pompeianorum”. E, incluso, pudo llevar a cabo nuevas prospecciones que le hicieron descubrir Estabia, otra de las ciudades enterradas por el Vesubio. 

Johann Joachim Winckelman, el hombre al que se le considera el padre de la Historia del Arte y de la Arqueología, con sus cartas e informes contribuyó enormemente a que Alcubierre cayera en el olvido

El hallazgo de Pompeya fue, sin duda, uno de los más importantes de la historia de la arqueología. No en vano por primera vez los historiadores se pudieron asomar a una ciudad romana que no había sido modificada por la mano del hombre. Que había quedado radiografiada en el fatídico momento de su destrucción. Que revelaba, aunque fuera sobre las ruinas, las vidas paralizadas de sus habitantes. Allí están sus calles, tal y como se distribuían en el siglo I, sus edificios y estatuas, los murales y pinturas que decoraban sus paredes, las pinturas y objetos personales de los pompeyanos. Hasta se pueden observar los graffitis que algunos dejaron en las paredes y que nos ponen en contacto con el lado más socarrón y directo de sus habitantes. Sin olvidar, por supuesto, las imágenes del horror que ofrecen las formas de los fallecidos, recuperadas mediante la técnica que utilizó Giuseppe Fiorello de introducir yeso en los huecos en donde habían estado sus cuerpos.

Roque falleció en Nápoles en 1780. Pero eso no le libró de los ataques. De hecho, quien continuó con la excavación fue uno de los hombres que más críticos habían sido con él, Francisco de la Vega, que ya utilizó un método más conservador para las ruinas. Pero, aún así, y pese a todo lo que se dijo, lo cierto es que él fue el auténtico descubridor de esas ciudades que habían quedado ocultas tras la erupción del Vesubio, y por eso merecería que su nombre fuera más tenido en cuenta. Ojalá algún día contemos con un estudio más profundo en torno a su vida y sus actividades que nos permita ir más allá de lo que hombres como Winckleman dijeron sobre él.