miércoles, 28 de septiembre de 2022 06:32h.

Siete poemas de Carmen Conde

Carmen Conde
Carmen Conde

(Cartagena, 15 de agosto de 1907 – Majadahonda, 8 de enero de 1996)​ 

Con seis años se trasladó a Melilla junto a su familia, permaneciendo allí hasta 1920, fecha en que vuelve a Cartagena. Tras aprobar una oposición para Auxiliar de la Sala de Delineación, trabajó en la Sociedad Española de Construcción Naval Bazán, iniciando también en las mismas fechas sus colaboraciones en la prensa. También se atrevió con la creación literaria, obteniendo un premio local por un entremés llamado A los acordes de la pavana (1925). Poco después, con 19 años, inició Magisterio en la Escuela normal de Maestros de Murcia.  

Ya por esas fechas escribía poesía, como muestra su correspondencia con Ernestina de Champourcín. Como resultado de todo ello, publicó en 1929 Brocal (poemas en prosa), con el amor como tema principal. Entonces hacía ya dos años que había conocido a su pareja, el también poeta Antonio Oliver, con quien se casaría en 1931.

Durante los años de la Segunda República (1931-1936) trabajó como maestra, participó en la fundación de la revista Presenciaórgano de la Universidad Popular- y publicó ensayos pedagógicos y artículos en distintos periódicos nacionales. Vivió también la tragedia de perder a su única hija, hecho este de gran influencia en su poesía posterior. Ahora bien, el único libro que publicó en esta década, Júbilos (1934, prologado por Gabriela Mistral) no da cuenta de ello, pues lo escribió durante su embarazo. De allí su tono feliz.

En estas fechas conoció a Amanda Junquera, casada con Cayetano Alcázar Molina, y con quien tiempo después iniciaría, según autores como José Luis Ferris, una relación amorosa que se mantuvo hasta el fallecimiento de esta.

Al iniciarse la Guerra Civil, Oliver se unió al ejército republicano, y aunque Conde le siguió, volvió tiempo después a Cartagena para cuidar de su madre. Entretanto, aprobó una oposición para bibliotecas (aunque nunca ejerció) y trabajó como maestra.

Desde 1939, al término de la contienda civil, su esposó se recluyó en Murcia y Conde se escondió en la casa de los Junquera durante un año. Luego Amanda y ella se instalaron en El Escorial, mientras Carmen se comunicaba con su marido a través de un amigo que trabajaba en Correos. Desde entonces trabajó escribiendo obras religiosas e infantiles para niños, además de ensayos y traducciones, formando parte también de la asesoría literaria de la Editorial Alhambra y colaborando en distintas publicaciones. Igualmente escribió numerosas poesías, que publicó en Pasión del verbo (1944) y Vidas contra su espejo (1944). Fue, sin embargo, Ansia de la gracia (1945) la obra que le permitió entrar realmente en el mundo editorial y convertirse en una poetisa destacada, pues hasta entonces sus libros apenas habían salido del ámbito local. Por cierto, tanto este título como Mujer sin edén (1947), están inspirados en su relación con Amanda Junquera. Luego llegaron Sea la luz (1947), En manos del silencio (1950) y el notable Mientras los hombres mueren (1952).

Siguió colaborando en revistas literarias, dio recitales, formó parte de congresos y no cesó de publicar, tanto poesía como teatro, ensayos, novelas, biografías y cuentos. Así, de su obra lírica desatracarían títulos como Derribado arcángel (1960), En la tierra de nadie (1960), A este lado de la eternidad (1970), Corrosión (1975) o El tiempo es un río lentísimo de fuego (1978). En 1978, además, fue elegida académica de número de la Real Academia Española, convirtiéndose en la primera mujer en ingresar en la institución. Continuó con Amanda Junquera hasta que esta falleció, en 1987. Luego, Carmen, pese a estar enferma, trató de seguir activa como escritora. Falleció en 1997, a los 88 años.

En cuanto a su poesía, no es fácil catalogarla por ser especialmente extensa y variada. En parte, porque bebe de las muy distintas circunstancias de su vida, pero también por su deseo de experimentar como escritora. Sí se puede afirmar que entre los temas habituales de sus textos estarían el amor (muchas veces explicado a través de los fenómenos de la naturaleza), el erotismo, el cuerpo femenino, la mujer y la sensualidad. También, que su lírica transmite una fuerza y riqueza verbal que le hacen estar entre las más sobresalientes poetas de la generación del 27.  

ANTE TI

Porque siendo tú el mismo, eres distinto
y distante de todos los que miran
esa rosa de luz que viertes siempre
de tu cielo a tu mar, campo que amo.

Campo mío, de amor nunca confeso;
de un amor recatado y pudoroso,
como virgen antigua que perdura
en mi cuerpo contiguo al tuyo eterno.

He venido a quererte, a que me digas
tus palabras de mar y de palmeras;
tus molinos de lienzo que salobres
me refrescan la sed de tanto tiempo.

Me abandono en tu mar, me dejo tuya
como darse hay que hacerlo para serte.
Si cerrara los ojos quedaría
hecha un ser y una voz: ahogada viva.

¿He venido, y me fui; me iré mañana
y vendré como hoy...? ¿Qué otra criatura
volverá para ti, para quedarse
o escaparse en tu luz hacia lo nunca?

DOMINIO

Necesito tener el alma mansa
como una triste fiera dominada,
complacerle con púas la tersura
de su piel deslumbrada en mansedumbre.

Es preciso domarla, que su fiebre
no me tiemble en la sangre ni un minuto.
Que la aneguen los fuegos del aceite
más espeso de horror, y que resista.

¡Oh, mi alma suave y sometida,
dulce fiera encerrándose en mi cuerpo!
Rayos, gritos, helor, y hasta personas
acuciándola a salir. Y ella, oscura.

Yo te pido, amor, que me permitas
acabar con mi tigre encarcelado.
Para darte (y librarme de esta furia),
una quieta fragancia inmarchitable. 

EN LA TIERRA DE NADIE

En la tierra de nadie, sobre el polvo
que pisan los que van y los que vienen,
he plantado mi tienda sin amparo
y contemplo si van como si vuelven.
Unos dicen que soy de los que van,
aunque estoy descansando del camino.
Otros "saben" que vuelvo, aunque me calle;
y mi ruta más cierta yo no digo.
Intenté demostrar que a donde voy
es a mí, sólo a mí, para tenerme.
Y sonríen al oír, porque ellos todos
son la gente que va, pero que vuelve.
Escuchadme una vez: ya no me importan
los caminos de aquí, que tanto valen.
Porque anduve una vez, ya me he parado
para ahincarme en la tierra que es de nadie.

INQUIETUD

¿Dónde se guarda la estrella mía,
mi cristal de amor?

La noche me niega su torso de aurora
y vamos extrañas, desprendidas,
sin coincidir jamás.

¿Para qué, si a nada le soy amor
soy yo amor en lo desconocido mío?

Y esta ternura que ciñe mis hombros,
que entolda el oro de mi corazón,
¿Para qué, si estoy buscando el agua
y sólo conozco el eco de la fuente?

SUMA TRANSIDA

Encerrarte en palabras...
¡Que tú, tú, quepas en verbos, nombres,
y adjetivos intactos!
Que yo lo pueda decir todo:
lo nuestro, esto que hacemos
y estaremos haciendo siempre,
eternísimamente:
hablar, callar, ser tú y yo
siéndonos nuestros.

Darte una dimensión humana,
representación de ti en la tierra:
estatua, color, arrebatado paso,
y sereno mirar con esos ojos tuyos
y míos: nuestra mirada del mundo.

Que un día, los mortales sin remedio sepan
cómo tuviste sangre,
y abierta pasión por todo;
y te diste cantando, sufriendo,
a mis brazos locos, y lentos, y débiles,
y fuertes, y fríos, y pobres de luz,
pero enamorados tuyos.
Para saber que has sido verdad,
que has sido, ¡pero no eres entonces!

Buscar las palabras de cuando no vivas,
para que vivas mientras se hable.
Dios de dolor, nunca decir podré
cómo eres tú, mi amor, amor mío,
criatura de glorificación que hallo
derramada en océanos,
cielos, campos, ríos y árboles;
y hasta en palomas tristes que en la aurora
¡te despiertan a mi amor por ti!

VOY AUSENTÁNDOME DE MÍ...

Voy ausentándome de mí.
Poco a poco, el lastre de ensueño cede
su sitio a la realidad doble
que es mi vida en transcurso.
¡otro ser dentro de mi carne
fragua su carne, su piel,
su corazón diminuto, mi estrella!

Asisto a la escisión silenciosa
con pasmo anhelante, con gozo
nuevo de verme en otros ojos míos,
de mis ojos hechos,
de mi sangre coloreados,
¡ay!, de toda cuanta soy.

Día por día el latido
es golpe que me recuerda, urgente,
valor que no tengo,
heroísmo que nunca soñé.

Y temo por el que estoy creando
en convenido misterio
dentro de mi soledad sin orillas
cerca de mi corazón, su estrella.

YO NO TE PREGUNTO ADÓNDE ME LLEVAS...

Yo no te pregunto adónde me llevas.
Ni por qué.
Ni para qué.
¿Tú quieres caminar?, pues yo te sigo.

Llevo luceros, luceros, en la mano derecha. Y llevo estrellas,
estrellas, en la mano izquierda.
Dime, hombre de todas las noches de luna, ¿qué mano va a besarme?

¿Por qué me has quitado tus manos, tanto y tan bien como
acariciaban mi frente?
Para que me quisieras otra vez, te regalaría un collar de
islas, un sistema nervioso de horizontes.
¡Me abriría, para ti, todas las mañanas en tus labios!

Yo soy más fuerte que tú, porque me apoyo en ti.

¡Asómate a mí, que soy una torre!
¡Asómate a mí: soy aquella palmera de tu huerto, que latía
                                                                             contigo!
¡Echa al aire mis campanas y mis palmas!
Yo soy tu panorama.