domingo, 21 de julio de 2024 00:00h.

Siete poemas de César Vallejo

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(Santiago de Chuco, La Libertad, 16 de marzo de 1892 – París, 15 de abril de 1938)

Se le considera uno de los principales innovadores de la poesía del siglo XX. Nació en Santiago de Chuco, en Perú. Sus padres quisieron que se dedicara al sacerdocio y aunque él, al principio, lo aceptó de buena gana, acabó perdiendo su vocación. En 1910 se matriculó en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de Trujillo. Sus problemas económicos le obligaron, sin embargo, a abandonar los estudios y retornar a su  población natal para ayudar a su padre en su trabajo administrativo de gobernador. Luego, fue a Lima, donde se matriculó en la Facultad de Medicina de San Fernando, pero nuevamente la abandonó. Trabajó después como preceptor de los hijos de Domingo Sotil y en 1912 logró un empleo de ayudante de cajero en el valle Chicama. Allí observó de primera mano la explotación que se hacía de los peones indios.

En 1913 inició un nuevo periodo de su vida, pues marchó a Trujillo para estudiar Letras, costeándose los estudios trabajando como profesor. Allí frecuentó también el mundo bohemio de la población, sobre todo, el llamado “Grupo Norte”. Posteriormente retomó sus estudios en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y, en diciembre de 1917, viajó a Lima, en donde se unió a la vida intelectual de la ciudad.

En 1918 publicó su primer poemario, Los heraldos negros, de raíces modernistas e inspirado en parte por una joven llamada María Rosa Sandoval de la que se había enamorado en Trujillo. Ahora bien, sería Trilce (1922) la obra que le encumbraría como autor, con un lenguaje poético propio, adelantado, en que llevaba la lengua española al límite y que se iba a relacionar con el movimiento vanguardista. El mismo estilo que se observa en la que fue su primera obra narrativa, Escalas, una colección de estampas y relatos que publicó por aquel entonces.

En 1923 abandonó Perú y se instaló en París, en donde residió hasta su muerte. Allí vivió (con muchas dificultades económicas) del periodismo y de sus trabajos de profesor y traductor. Pasó también algunas estancias en varias ciudades europeas, entre ellas, Madrid, en donde contactó con hombres como Miguel de Unamuno, Rafael Alberti o Federico García Lorca, De este periodo son sus novelas El tungsteno (Madrid, 1931), inspirada en parte en lo que vio de los mineros de Quiruvilca durante los años que ayudó a su padre en su trabajo, y su libro de crónicas Rusia en 1931 (Madrid, 1931), que tuvo un gran éxito de ventas. También escribió su conocido cuento Paco Yunque, que se publicó después de su muerte. También son póstumos sus Poemas humanos (para muchos críticos, la mejor de sus obras) y su España de mí este cáliz, que aparecieron en 1939 gracias a los esfuerzos de su viuda, Georgette Vallejo con la que se había casado en 1934. Son obras de corte social, en donde quedan muchas veces al descubierto sus posiciones ideológicas de izquierda. Moriría en 1938, tras reactivársele un paludismo que había sufrido cuando era niño.

Martin Seymour-Smith lo definió como “el más grande poeta del siglo XX en todos los idiomas” y Thomas Merton dijo de él que era “el más grande poeta católico desde Dante, y por católico entiendo universal”. Por su parte, Américo Ferrari escribiría: “es quizá Vallejo quien encarna de la manera más cabal la libertad del lenguaje poético: sin recetas, sin ideas preconcebidas sobre lo que debe ser la poesía, bucea entre la angustia y la esperanza (...), y el fruto de esa búsqueda es un lenguaje nuevo, un acento inaudito".

BORDAS DE HIELO

Vengo a verte pasar todos los días,
vaporcito encantado siempre lejos...
¡Tus ojos son dos rubios capitanes;
tu labio es un brevísimo pañuelo
rojo que ondea en un adiós de sangre!

Vengo a verte pasar; hasta que un día,
embriagada de tiempo y de crueldad,
vaporcito encantado siempre lejos,
¡la estrella de la tarde partirá!

Las jarcias; vientos que traicionan; vientos
¡de mujer que pasó!
Tus fríos capitanes darán orden;
¡y quien habrá partido seré yo...!

DESHOJACIÓN SAGRADA

¡Luna! Corona de una testa inmensa,
que te vas deshojando en sombras gualdas!
¡Roja corona de un Jesús que piensa
trágicamente dulce de esmeraldas!

¡Luna! Alocado corazón celeste
¿Por qué bogas así, dentro la copa
llena de vino azul, hacia el oeste,
cual derrotada y dolorida popa?

¡Luna! Y a fuerza de volar en vano,
te holocaustas en ópalos dispersos:
tú eres talvez mi corazón gitano
¡que vaga en el azul llorando versos...!

MEDIALUZ

He soñado una fuga. Y he soñado
tus encajes dispersos en la alcoba.
A lo largo de un muelle, alguna madre;
y sus quince años dando el seno a una hora.

He soñado una fuga. Un "para siempre"
suspirado en la escala de una proa;
he soñado una madre;
unas frescas matitas de verdura,
y el ajuar constelado de una aurora.

A lo largo de un muelle...
¡Y a lo largo de un cuello que se ahoga!

CONSIDERANDO EN FRÍO, IMPARCIALMENTE…

Considerando en frío, imparcialmente,
que el hombre es triste, tose y, sin embargo,
se complace en su pecho colorado;
que lo único que hace es componerse
de días;
que es lóbrego mamífero y se peina…

Considerando
que el hombre procede suavemente del trabajo
y repercute jefe, suena subordinado;
que el diagrama del tiempo
es constante diorama en sus medallas
y, a medio abrir, sus ojos estudiaron,
desde lejanos tiempos,
su fórmula famélica de masa…

Comprendiendo sin esfuerzo
que el hombre se queda, a veces, pensando,
como queriendo llorar,
y, sujeto a tenderse como objeto,
se hace buen carpintero, suda, mata
y luego canta, almuerza, se abotona…

Considerando también
que el hombre es en verdad un animal
y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza…

Examinando, en fin,
sus encontradas piezas, su retrete,
su desesperación, al terminar su día atroz, borrándolo…

Comprendiendo
que él sabe que le quiero,
que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente…

Considerando sus documentos generales
y mirando con lentes aquel certificado
que prueba que nació muy pequeñito…

le hago una seña,
viene,
y le doy un abrazo, emocionado.
¡Qué más da! Emocionado… Emocionado…

ME VIENE, HAY DÍAS, UNA GANA UBÉRRIMA, POLÍTICA...

Me viene, hay días, una gana ubérrima, política,
de querer, de besar al cariño en sus dos rostros,
y me viene de lejos un querer
demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza,
al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,
a la que llora por el que lloraba,
al rey del vino, al esclavo del agua,
al que ocultóse en su ira,
al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en mi alma.
Y quiero, por lo tanto, acomodarle
al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado;
su luz, al grande; su grandeza, al chico.
Quiero planchar directamente
un pañuelo al que no puede llorar
y, cuando estoy triste o me duele la dicha,
remendar a los niños y a los genios.

Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo
y me urge estar sentado
a la diestra del zurdo, y responder al mudo,
tratando de serle útil en
lo que puedo, y también quiero muchísimo
lavarle al cojo el pie,
y ayudarle a dormir al tuerto próximo.

¡Ah querer, éste, el mío, éste, el mundial,
interhumano y parroquial, provecto!
Me viene a pelo,
desde el cimiento, desde la ingle pública,
y, viniendo de lejos, da ganas de besarle
la bufanda al cantor,
y al que sufre, besarle en su sartén,
al sordo, en su rumor craneano, impávido;
al que me da lo que olvidé en mi seno,
en su Dante, en su Chaplin, en sus hombros.

Quiero, para terminar,
cuando estoy al borde célebre de la violencia
o lleno de pecho el corazón, querría
ayudar a reír al que sonríe,
ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,
cuidar a los enfermos enfadándolos,
comprarle al vendedor,
ayudarle a matar al matador —cosa terrible—
y quisiera yo ser bueno conmigo
en todo.

ESPAÑA, APARTA DE MÍ ESTE CÁLIZ

Niños del mundo,
si cae España –digo, es un decir–
si cae
del cielo abajo su antebrazo que asen,
en cabestro, dos láminas terrestres;
niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas!
¡qué temprano en el sol lo que os decía!
¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano!
¡qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!

¡Niños del mundo, está
la madre España con su vientre a cuestas;
está nuestra madre con sus férulas,
está madre y maestra,
cruz y madera, porque os dio la altura,
vértigo y división y suma, niños;
está con ella, padres procesales!

Si cae –digo, es un decir– si cae
España, de la tierra para abajo,
niños ¡cómo vais a cesar de crecer!
¡cómo va a castigar el año al mes!
¡cómo van a quedarse en diez los dientes,
en palote el diptongo, la medalla en llanto!
¡Cómo va el corderillo a continuar
atado por la pata al gran tintero!
¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto
hasta la letra en que nació la pena!

Niños,
hijos de los guerreros, entre tanto,
bajad la voz que España está ahora mismo repartiendo
la energía entre el reino animal,
las florecillas, los cometas y los hombres.
¡Bajad la voz, que está
en su rigor, que es grande, sin saber
qué hacer, y está en su mano
la calavera, aquella de la trenza;
la calavera, aquella de la vida!

¡Bajad la voz, os digo;
bajad la voz, el canto de las sílabas, el llanto
de la materia y el rumor menos de las pirámides, y aun
el de las sienes que andan con dos piedras!
¡Bajad el aliento, y si
el antebrazo baja,
si las férulas suenan, si es la noche,
si el cielo cabe en dos limbos terrestres,
si hay ruido en el sonido de las puertas,
si tardo,
si no veis a nadie, si os asustan
los lápices sin punta, si la madre
España cae –digo, es un decir–,
salid, niños, del mundo; id a buscarla!...

PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PIEDRA BLANCA

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París –y no me corro–
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...