martes, 28 de junio de 2022 20:38h.

Siete poemas de Federico García Lorca

Federico García Lorca
Federico García Lorca

(Fuente Vaqueros, 5 de junio de 1898 - camino de Víznar a Alfacar, 18 de agosto de 1936)

El que es sin duda el poeta español más internacional del siglo XX nació en Fuente Vaqueros (Granada) en el seno de una familia acomodada. Su padre fue el hacendado Federico García Rodríguez y su madre la maestra Vicenta Lorca, que le educó en sus primeros gustos literarios. Fue en la universidad, en donde entró en 1914 para estudiar las carreras de Filosofía y Letras y Derecho, cuando demostró su vocación como escritor, publicando su primer libro, Impresiones y paisajes –una antología de textos en prosa en torno a temas políticos y asuntos estéticos- con tan solo veinte años. Igualmente destacó en esos años como pianista, demostrando gran talento (posteriormente, incluso, llevaría a cabo varios proyectos musicales junto al mismísimo Manuel de Falla).

Su entrada en la Residencia de Estudiantes de Madrid en 1919 le permitió contactar con personajes tan fundamentales del siglo XX español como Luis Buñuel, Rafael Alberti, Juan Ramón Jiménez (de gran influencia en su poesía) o Salvador Dalí (por su amistad con él le dedicó su “Oda a Salvador Dalí”). Estuvo allí hasta 1926, viviendo también en ciudades como Granada, y publicando entretanto obras como su Libro de poemas y varias piezas de teatro, entre ellas, El maleficio de la mariposa. Se interesó, además, impulsado por su amigo Dalí, por la pintura y hasta llegó a exponer públicamente sus obras (Lorca, a su vez, animó a Dalí para que escribiera).

Por aquel entonces Lorca ya gozaba de un gran éxito popular, sobre todo, gracias a sus Canciones (1927) y su Primer Romancero gitano (1928), aunque se viera empañado por su ruptura con su pareja, el escultor Emilio Aladrén. De hecho, el viaje a Nueva York que emprendería en 1929 impulsado por el intelectual y político Fernando de los Ríos –uno de sus más valiosos mentores-, le ayudó a desconectar de sus tristezas.

Lorca consideró aquel viaje como “una de las experiencias más útiles de mi vida”. Como resultado de todo ello, escribió Poeta en Nueva York (que no se publicaría hasta 1940, cuatro años después de su muerte), en donde buscaba expresar “la esclavitud dolorosa del hombre y máquina juntos”. Luego, en 1930, regresó a Madrid, aunque antes pasó un tiempo en La Habana, estancia esta que le permitió aprender algunos aspectos de la cultura y música cubana.

La proclamación de la Segunda República en España, el 14 de abril de 1931, supuso para él un importante cambio, pues el Ministerio de Educación le apoyó para que desarrollara por todo el país una labor cultural. Así, codirigió junto a Eduardo UgarteLa Barraca”, un grupo de teatro que se encargaba de representar obras del Siglo de Oro español por distintas poblaciones de la península. También siguió escribiendo títulos vinculados a este género literario, como Así que pasen cinco años (1931), Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín (1933) y Bodas de sangre (1933).

No se olvidó, sin embargo, de Latinoamérica, en donde, sobre todo en Argentina, tendría por esas fechas gran éxito su Bodas de sangre. En este país pasó algún tiempo, disfrutando de su popularidad, realizando conferencias y reuniéndose con la intelectualidad nacional (y también la emigrante, pues fue allí donde conoció a Pablo Neruda).

A su vuelta a España publicó obras como Yerma (1934), Doña Rosita la soltera (1935) o su clásica La casa de Bernarda Alba (1936). E igual, textos de poesía como Llanto por Ignacio Sánchez Mejías (1935), Seis poemas galegos (1935) o Sonetos del amor oscuro (1936).

Desafortunadamente, a medida que el tiempo pasaba, se fue recrudeciendo la situación política en España, cosa que le llevó a sufrir el rechazo de algunos sectores, que le reprochaban su ideología progresista y su homosexualidad. Por eso, en previsión a lo que podría pasar, países como Colombia y México le ofrecieron asilo. Sin embargo, este no aceptó, seguramente, porque no esperaba que fuera a pasarle nada. Fue un error: moriría, asesinado, el 18 de agosto de 1936, un mes después de que se iniciara la guerra civil en España.

La obra de García Lorca se alimenta, en general, de sus obsesiones personales (principalmente, el amor, el deseo, la frustración o la muerte) y en ella trata plasmar su sentimiento trágico de la vida. En su estilo se mezcla tanto lo culto como lo popular, dando lugar a unos textos repletos de imágenes tan personales y bellas como únicas. La influencia de su obra se ha dejado sentir, siempre con intensidad, hasta la actualidad.

SONETO DE LA GUIRNALDA DE ROSAS

¡Esa guirnalda! ¡pronto! ¡que me muero!
¡Teje deprisa! ¡canta! ¡gime! ¡canta!
que la sombra me enturbia la garganta
y otra vez viene y mil la luz de enero.

Entre lo que me quieres y te quiero,
aire de estrellas y temblor de planta,
espesura de anémonas levanta
con oscuro gemir un año entero.

Goza el fresco paisaje de mi herida,
quiebra juncos y arroyos delicados.
Bebe en muslo de miel sangre vertida.

Pero ¡pronto! Que unidos, enlazados,
boca rota de amor y alma mordida,
el tiempo nos encuentre destrozados.

DESEO

Sólo tu corazón caliente,
y nada más.

Mi paraíso un campo
sin ruiseñor
ni liras,
con un río discreto
y una fuentecilla.

Sin la espuela del viento
sobre la fronda,
ni la estrella que quiere
ser hoja.

Una enorme luz
que fuera
luciérnaga
de otra,
en un campo
de miradas rotas.

Un reposo claro
y allí nuestros besos,
lunares sonoros
del eco,
se abrirían muy lejos.

Y tu corazón caliente,
nada más.

LA CASADA INFIEL

Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.

Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.

*

Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver.
Ella sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.

Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
Le regalé un costurero
grande de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.

PRECIOSA Y EL AIRE

Su luna de pergamino
Preciosa tocando viene
por un anfibio sendero
de cristales y laureles.
El silencio sin estrellas,
huyendo del sonsonete,
cae donde el mar bate y canta
su noche llena de peces.
En los picos de la sierra
los carabineros duermen
guardando las blancas torres
donde viven los ingleses.
Y los gitanos del agua
levantan por distraerse,
glorietas de caracolas
y ramas de pino verde.

*

Su luna de pergamino
Preciosa tocando viene.
Al verla se ha levantado
el viento que nunca duerme.
San Cristobalón desnudo,
lleno de lenguas celestes,
mira la niña tocando
una dulce gaita ausente.
- Niña, deja que levante
tu vestido para verte.
Abre en mis dedos antiguos
la rosa azul de tu vientre.

*

Preciosa tira el pandero
y corre sin detenerse.
El viento-hombrón la persigue
con una espada caliente.
Frunce su rumor el mar.
Los olivos palidecen.
Cantan las flautas de umbría
y el liso gong de la nieve.

¡Preciosa, corre, Preciosa,
que te coge el viento verde!
¡Preciosa, corre, Preciosa!
¡Míralo por dónde viene!
Sátiro de estrellas bajas
con sus lenguas relucientes.

*

Preciosa, llena de miedo,
entra en la casa que tiene,
más arriba de los pinos,
el cónsul de los ingleses.

Asustados por los gritos
tres carabineros vienen,
sus negras capas ceñidas
y los gorros en las sienes.

El inglés da a la gitana
un vaso de tibia leche,
y una copa de ginebra
que Preciosa no se bebe.

Y mientras cuenta, llorando,
su aventura a aquella gente,
en las tejas de pizarra
el viento, furioso, muerde.

CUERPO PRESENTE

La piedra es una frente donde los sueños gimen
sin tener agua curva ni cipreses helados,
La piedra es una espalda para llevar al tiempo
con árboles de lágrimas y cintas y planetas.

Yo he visto lluvias grises hacia las olas
levantando sus tiernos brazos acribillados,
para no ser cazadas por la piedra tendida
que desata sus miembros sin empapar la sangre.

Porque la piedra coge simientes y nublados,
esqueletos de alondras y lobos de penumbra;
pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego,
sino plazas y plazas y otras plazas sin muros.

Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido.
Ya se acabó; ¿que pasa? Contemplad su figura:
la muerte le ha cubierto de pálidos azufres
y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.

Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca.
El aire como loco deja su pecho hundido,
y el Amor, empapado con lágrimas de nieve,
se calienta en la cumbre de las ganaderías.

¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa.
Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,
con una forma clara que tuvo ruiseñores
y la vemos llenarse de agujeros sin fondo.

¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice!
Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón,
ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente:
aquí no quiero más que los ojos redondos
para ver ese cuerpo sin posible descanso.

Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura.
Los que doman caballos y dominan los ríos:
los hombres que les suena el esqueleto y cantan
con una boca llena de sol y pedernales.

Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra.
Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.
Yo quiero que me enseñen donde está la salida
para este capitán atado por la muerte.

Yo quiero que me enseñen un llanto como un río
que tenga dulces nieblas y profundas orillas,
para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda
sin escuchar el doble resuello de los toros.

Que se pierda en la plaza redonda de la luna
que finge cuando niña doliente res inmóvil;
que se pierda en la noche sin canto de los peces
y en la maleza blanca del humo congelado.

No quiero que le tapen la cara con pañuelos
para que se acostumbre con la muerte que lleva.
Vete Ignacio: No sientas el caliente bramido.
Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!

SI MIS MANOS PUDIERAN DESHOJAR

Yo pronuncio tu nombre
En las noches oscuras
Cuando vienen los astros
A beber en la luna
Y duermen los ramajes
De las frondas ocultas.
Y yo me siento hueco
De pasión y de música.
Loco reloj que canta
Muertas horas antiguas.

Yo pronuncio tu nombre,
En esta noche oscura,
Y tu nombre me suena
Más lejano que nunca.
Más lejano que todas las estrellas
Y más doliente que la mansa lluvia.

¿Te querré como entonces
Alguna vez? ¿Qué culpa
Tiene mi corazón?
Si la niebla se esfuma
¿Qué otra pasión me espera?
¿Será tranquila y pura?
¡¡Si mis dedos pudieran
Deshojar a la luna!!

LA LEYENDA DEL TIEMPO (fragmento) 

El sueño va sobre el tiempo
flotando como un velero.
Nadie puede abrir semillas 
en el corazón del sueño.

¡Ay, cómo canta el alba, cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

El tiempo va sobre el sueño
hundido hasta los cabellos.
Ayer y mañana comen
oscuras flores de duelo.

¡Ay, cómo canta la noche, cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!
Sobre la misma columna,
abrazados sueño y tiempo,
cruza el gemido del niño,
la lengua rota del viejo.

¡Ay, cómo canta el alba, cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!

Y si el sueño finge muros
en la llanura del tiempo,
el tiempo le hace creer
que nace en aquel momento.

¡Ay, cómo canta la noche, cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

(Nota: esta poesía aparece en la obra de teatro Así que pasen cinco años, de 1931).