miércoles, 28 de septiembre de 2022 06:32h.

Siete poemas de Luis Cernuda

Luis Cernuda
Luis Cernuda

(Sevilla, 21 de septiembre de 1902 – Ciudad de México, 5 de noviembre de 1963)

Su nombre completo era Luis Cernuda Bidou (o Bidón). A los nueve años de edad, tras conocer a Bécquer, empezó a leer poesía y poco después se atrevió a escribir sus primeros versos. En 1919 entró en la Universidad de Sevilla para estudiar Derecho, donde conoció a Pedro Salinas, quien al advertir su talento le animó a continuar por ese camino. Entonces, según dicen quienes le conocieron, era un joven reservado y un tanto arisco. Algo en lo que seguramente tuvo que ver el hecho de ser homosexual en un mundo en que no era fácil expresarse.

En 1926, tras un tiempo en que se apartó de la Universidad para realizar el servicio militar, concluyó sus estudios. En ese momento era ya un habitual de las tertulias literarias de Sevilla (sobre todo, las realizadas por Salinas) y había publicado algunos de sus poemas en la Revista de Occidente, aunque no fue hasta 1927 cuando apareció su primer libro lírico, Perfil del aire, el cual, sin embargo, no obtuvo buenas críticas.

En 1928, año en que publicó su segundo libro de poesía, Égloga, elegía, oda, mejor recibido que el anterior, abandonó Sevilla y se desplazó a Madrid. Poco después, sin embargo, fue a Francia, pues Salinas le consiguió un lectorado de español en la Universidad de Toulouse. Luego, regresó a la capital española, trabajando desde 1930 en la librería de León Sánchez Cuesta y formando parte de las tertulias literarias de la ciudad al lado de autores como Vicente Aleixandre y Federico García Lorca. Fue, de hecho, este último quien le presento a Serafín Fernández Cerro, un joven del cual Cernuda se enamoró, inspirándole los libros Donde habite el olvido (1931) y Los placeres prohibidos (1933). 

Durante los años de la Segunda República formó parte de las llamadas “misiones pedagógicas”. Lo hizo primero en la sección “Bibliotecas” y luego en el “Museo ambulante”. Además, colaboró en revistas como Octubre y Cruz y Raya (en donde aparecieron sus traducciones de Hölderlin). Sin embargo, el momento más importante, como autor fue en el primer semestre de 1936, pues publicó entonces la que fue la primera edición de su obra poética al completo: La realidad y el deseo.

Durante la Guerra Civil apoyó al bando republicano. Pasó dos meses como agregado de la Embajada Española en París, y luego, al regresar a Madrid, se alistó en el Batallón Alpino. Luego, se trasladó a Valencia, colaborando con Hora de España, en donde publicó una sentida elegía a Lorca, recientemente asesinado, titulada “A un poeta muerto (F.G.L.)”.

En 1938 se trasladó al Reino Unido, trabajando desde entonces como tutor de niños vascos refugiados (las vivencias le inspiraron el poema “Niño muerto”) y como profesor del internado Cranleigh School. Igualmente, fue lector de español en las Universidades de Glasgow y Cambridge y en el Instituto Español de Londres. Esta estancia, por cierto, le permitió leer a numerosos autores ingleses, especialmente T.S. Eliot, Shelley y Keats, quienes, junto a filósofos como Schopenhauer y Kierkegaard, le inspiraron Ocnos (1942), su única obra en prosa, y Las nubes (1943). Además, un nuevo amor le motivó para escribir los poemas de Vivir sin estar viviendo, que publicaría en 1949.  

En 1947 se trasladó a Norteamérica, tras conseguirle Concha de Albornoz una plaza de profesor de literatura en el colegio de señoritas de Mount Holyoke, en Massachussets. Sin embargo, su deseo de volver a una tierra en que se hablara español le hizo trasladarse a México en 1952, en donde se enamoró del culturista Salvador Aliguieri, a quien dedicó sus Poemas para un cuerpo. Desde entonces, vivió en la casa de su amiga Concha Méndez; trabajó en la UNAM como profesor y colaboró con distintas revistas y universidades. Asimismo, escribió distintos ensayos literarios y los que acabaron siendo sus dos últimos libros de poesía: Con las horas contadas (1956) y Desolación de la Quimera (1962). Fallecería en México en 1963, a los 61 años de edad.

Su poesía, considerada “de meditación”, ofrece un perfecto equilibrio entre la tradición literaria y la búsqueda de corrientes más originales y novedosas. Como autor, evolucionó de una poesía de juventud, elegante y de corte clásico, a otra vinculada al surrealismo y a la rebeldía. Como él mismo escribió para la antología Poesía española, de Gerardo Diego: “No sé nada, no quiero nada, no espero nada. Y si pudiera esperar algo solo sería morir allí donde no hubiera penetrado esa grotesca civilización que envanece a los hombres”. La Guerra Civil le hizo decantarse por lo elegiaco, y finalmente, en México, renunció a su musicalidad anterior para ofrecer un ritmo seco y duro en donde prima el concepto por encima de todo adorno. En cualquier caso, en todas sus fases se van a observar dos temas principales: la necesidad de rebelarse frente lo establecido (su vida personal es un buen ejemplo de ello) y el contraste que el ser humano encuentra entre sus deseos y la cruda realidad.

NO INTENTEMOS EL AMOR NUNCA

Aquella noche el mar no tuvo sueño.
Cansado de contar, siempre contar a tantas olas,
quiso vivir hacia lo lejos,
donde supiera alguien de su color amargo.

Con una voz insomne decía cosas vagas,
barcos entrelazados dulcemente
en un fondo de noche,
o cuerpos siempre pálidos, con su traje de olvido
viajando hacia nada.

Cantaba tempestades, estruendos desbocados
bajo cielos con sombra,
como la sombra misma,
como la sombra siempre
rencorosa de pájaros estrellas.

Su voz atravesando luces, lluvia, frío,
alcanzaba ciudades elevadas a nubes,
cielo Sereno, Colorado, Glaciar del infierno,
todas puras de nieve o de astros caídos
en sus manos de tierra.

Mas el mar se cansaba de esperar las ciudades.
Allí su amor tan sólo era un pretexto vago
con sonrisa de antaño,
ignorado de todos.

Y con sueño de nuevo se volvió lentamente
adonde nadie
sabe de nadie.
Adonde acaba el mundo.

CÓMO LLENARTE, SOLEDAD

Cómo llenarte, soledad,
sino contigo misma...

De niño, entre las pobres guaridas de la tierra,
quieto en ángulo oscuro,
buscaba en ti, encendida guirnalda,
mis auroras futuras y furtivos nocturnos,
y en ti los vislumbraba,
naturales y exactos, también libres y fieles,
a semejanza mía,
a semejanza tuya, eterna soledad.

Me perdí luego por la tierra injusta
como quien busca amigos o ignorados amantes;
diverso con el mundo,
fui luz serena y anhelo desbocado,
y en la lluvia sombría o en el sol evidente
quería una verdad que a ti te traicionase,
olvidando en mi afán
cómo las alas fugitivas su propia nube crean.

Y al velarse a mis ojos
con nubes sobre nubes de otoño desbordado
la luz de aquellos días en ti misma entrevistos,
te negué por bien poco;
por menudos amores ni ciertos ni fingidos,
por quietas amistades de sillón y de gesto,
por un nombre de reducida cola en un mundo fantasma,
por los viejos placeres prohibidos
como los permitidos nauseabundos,
útiles solamente para el elegante salón susurrado,
en bocas de mentira y palabras de hielo.

Por ti me encuentro ahora el eco de la antigua persona
que yo fui,
que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones;
por ti me encuentro ahora, constelados hallazgos,
limpios de otro deseo,
el sol, mi dios, la noche rumorosa,
la lluvia, intimidad de siempre,
el bosque y su alentar pagano,
el mar, el mar como su nombre hermoso;
y sobre todo ellos,
cuerpo oscuro y esbelto,
te encuentro a ti, tú, soledad tan mía,
y tú me das fuerza y debilidad
como el ave cansada los brazos de la piedra.

Acodado al balcón miro insaciable el oleaje,
oigo sus oscuras imprecaciones,
contemplo sus blancas caricias;
y erguido desde cuna vigilante
soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres,
por quienes vivo, aún cuando no los vea;
y así, lejos de ellos,
ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres,
roncas y violentas como el mar, mi morada,
puras ante la espera de una revolución ardiente
o rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo
cuando toca la hora de reposo que su fuerza conquista.

Tú, verdad solitaria,
transparente pasión, mi soledad de siempre,
eres inmenso abrazo;
el sol, el mar,
la oscuridad, la estepa,
el hombre y su deseo,
la airada muchedumbre,
¿qué son sino tú misma?

Por ti, mi soledad, los busqué un día;
en ti, mi soledad, los amo ahora.

RAZÓN DE LÁGRIMAS

La noche por ser triste carece de fronteras.
Su sombra en rebelión como la espuma,
rompe los muros débiles
avergonzados de blancura;
noche que no puede ser otra cosa sino noche.

Acaso los amantes acuchillan estrellas,
acaso la aventura apague una tristeza.
Mas tú, noche, impulsada por deseos
hasta la palidez del agua,
aguardas siempre en pie quién sabe a cuáles ruiseñores.

Más allá se estremecen los abismos
poblados de serpientes entre pluma,
cabecera de enfermos
no mirando otra cosa que la noche
mientras cierran el aire entre los labios.

La noche, la noche deslumbrante,
que junto a las esquinas retuerce sus caderas,
aguardando, quién sabe,
como yo, como todos.

A UN POETA MUERTO (F.G.L.)

Así como en la roca nunca vemos
La clara flor abrirse,
Entre un pueblo hosco y duro
No brilla hermosamente
El fresco y alto ornato de la vida.
Por esto te mataron, porque eras
Verdor en nuestra tierra árida
Y azul en nuestro oscuro aire.

Leve es la parte de la vida
Que como dioses rescatan los poetas.
El odio y destrucción perduran siempre
Sordamente en la entraña
Toda hiel sempiterna del español terrible,
Que acecha lo cimero
Con su piedra en la mano.

Triste sino nacer
Con algún don ilustre
Aquí, donde los hombres
En su miseria sólo saben
El insulto, la mofa, el recelo profundo
Ante aquel que ilumina las palabras opacas
Por el oculto fuego originario.

La sal de nuestro mundo eras,
Vivo estabas como un rayo de sol,
Y ya es tan sólo tu recuerdo
Quien yerra y pasa, acariciando
El muro de los cuerpos
Con el dejo de las adormideras
Que nuestros predecesores ingirieron
A orillas del olvido.

Si tu ángel acude a la memoria,
Sombras son estos hombres
Que aún palpitan tras las malezas de la tierra;
La muerte se diría
Más viva que la vida
Porque tú estás con ella,
Pasado el arco de tu vasto imperio,
Poblándola de pájaros y hojas
Con tu gracia y tu juventud incomparables.

Aquí la primavera luce ahora.
Mira los radiantes mancebos
Que vivo tanto amaste
Efímeros pasar junto al fulgor del mar.
Desnudos cuerpos bellos que se llevan
Tras de sí los deseos
Con su exquisita forma, y sólo encierran
Amargo zumo, que no alberga su espíritu
Un destello de amor ni de alto pensamiento.

Igual todo prosigue,
Como entonces, tan mágico,
Que parece imposible
La sombra en que has caído.
Mas un inmenso afán oculto advierte
Que su ignoto aguijón tan sólo puede
Aplacarse en nosotros con la muerte,
Como el afán del agua,
A quien no basta esculpirse en las olas,
Sino perderse anónima
En los limbos del mar.

Pero antes no sabías
La realidad más honda de este mundo:
El odio, el triste odio de los hombres,
Que en ti señalar quiso
Por el acero horrible su victoria,
Con tu angustia postrera
Bajo la luz tranquila de Granada,
Distante entre cipreses y laureles,
Y entre tus propias gentes
Y por las mismas manos
Que un día servilmente te halagaran.

Para el poeta la muerte es la victoria;
Un viento demoníaco le impulsa por la vida,
Y si una fuerza ciega
Sin comprensión de amor
Transforma por un crimen
A ti, cantor, en héroe,
Contempla en cambio, hermano,
Cómo entre la tristeza y el desdén
Un poder más magnánimo permite a tus amigos
En un rincón pudrirse libremente.

Tenga tu sombra paz,
Busque otros valles,
Un río donde del viento
Se lleve los sonidos entre juncos
Y lirios y el encanto
Tan viejo de las aguas elocuentes,
En donde el eco como la gloria humana ruede,
Como ella de remoto,
Ajeno como ella y tan estéril.

Halle tu gran afán enajenado
El puro amor de un dios adolescente
Entre el verdor de las rosas eternas;
Porque este ansia divina, perdida aquí en la tierra,
Tras de tanto dolor y dejamiento,
Con su propia grandeza nos advierte
De alguna mente creadora inmensa,
Que concibe al poeta cual lengua de su gloria
Y luego le consuela a través de la muerte.

ERAS, INSTANTE, TAN CLARO

Eras, instante, tan claro.
Perdidamente te alejas,
dejando erguido al deseo
con sus vagas ansias tercas.

Siento huir bajo el otoño
pálidas aguas sin fuerza,
mientras se olvidan los árboles
de las hojas que desertan.

La llama tuerce su hastío,
sola su viva presencia,
y la lámpara ya duerme
sobre mis ojos en vela.

Cuán lejano todo. Muertas
las rosas que ayer abrieran,
aunque aliente su secreto
por las verdes alamedas.

Bajo tormentas la playa
será soledad de arena
donde el amor yazca en sueños.
La tierra y el mar lo esperan.

DONDE HABITE EL OLVIDO

Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.

SI EL HOMBRE PUDIERA DECIR LO QUE AMA

Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo,
dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.

Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.