martes, 28 de mayo de 2024 00:03h.

Siete poemas de Margaret Atwood

(Ottawa, 18 de noviembre de 1939)

Aunque Margaret Atwood se convirtió en una figura mediática tras la adaptación a la televisión de su novela El cuento de la criada, de 1985, lo cierto es que la suya es una carrera que difícilmente se puede reducir a un solo libro. Nació en Ottawa y pasó la infancia en distintas ciudades de Canadá por el trabajo de su padre, Carl Edmund Atwood, zoólogo. Y enseguida se reveló como una ávida lectora que durante la adolescencia se atrevió a escribir sus primeras narraciones.

Su gusto por la literatura le llevó a iniciar en 1957 Filología inglesa en la Universidad de Victoria de Toronto, en donde lograría impresionar a varios profesores con sus poesías. De hecho, estos le apoyaron y le sugirieron textos con los que enriquecerse intelectualmente. Y resultado de todo ello fue la publicación, en 1961, de su primer libro de poemas Double Persephone, que le llevó a ser premiada con la Medalla E.J. Pratt. Ese mismo año, además, inició sus estudios de postgrado en el Radcliffe Collage de la Universidad de Harvard.

Tras su exitoso debut publicaría The Circle (1964), que ganó el Governor General’s Award; Expeditions (1965), Speeches for Doctor Frankenstein (1966) y The Animals in That Country (1968). A los que siguió su primera novela La mujer comestible, de 1969, y con la que inició una carrera en que cultivaría por igual la prosa y la poesía. Así, desde entonces y hasta la actualidad ha publicado quince libros de poesías, entre ellos The Journals of Susana Moodie (1970, y uno de sus textos más conocidos), True Stories (1981, en donde se muestra su interés por los derechos humanos), The Door (2007) y el más reciente Dearly (2020); y diecisiete novelas, de las que pueden destacarse Nada se acaba (1979), La novia ladrona (1994), Alias Grace (1996) (ganadora del Giller Prize), El asesino ciego (2000) (ganadora del Broker Prize), Penélope y las doce criadas (2005, en donde subvierte el mito de Penélope), La semilla de la bruja (2016) y la reciente Los testamentos (2019), la continuación de la  ya mencionada El cuento de la criada. Textos a los que hay que añadir una decena de ensayos; varios guiones de televisión, una obra de teatro, varios libros para niños y distintas colecciones de relatos cortos y cuentos.

Ha pasado además, su vida dando clases en distintas universidades: la Columbia Británica, la Sir George Williams de Montreal, la de Alberta, la de York de Toronto y la de Nueva York. Por su trayectoria ha recibido numerosos reconocimientos y premios; incluido, el Premio Príncipe Asturias de las Letras en 2008 o el Premio Franz Kafka en 2017. Fue, además, nominada al Nobel de Literatura.

Aunque se ha hecho especialmente famosa por los textos que giran en torno a la mujer, estudiándola tanto desde sí misma, como desde su posición en la sociedad, igual podemos ver, tanto en prosa como en poesía, obras que se organizan en torno a los derechos humanos, la identidad nacional, la naturaleza y la ecología. Y hay algunos críticos que consideran que despliega mejor todos estos en su poesía, que resulta directa, cotidiana y divertida, muy poco apegada al lirismo bucólico. Algo que logra sin dejar en ningún momento de ser inteligente (mucho) y original. Sin duda, una mujer que merecería más ediciones en español de su obra poética.

A MEDIANOCHE

A medianoche me despierta la lluvia, un aguacero,
el viento azota las hojas, orejas
enormes, plumas enormes,
como un animal perseguido, un perro
gigantesco o un cerdo salvaje. Truenos y ventanas
que se estremecen; del tejado metálico
cae una tromba de agua.

Estoy tumbada bajo el mosquitero,
enredada en una tela húmeda, el pelo lleno de sal.
Cuando escampe habrá luciérnagas
y estrellas, más brillantes que en cualquier lugar;
podría contemplarlas en momentos
de pánico. Están a años luz, si lo piensas.

A la porra la poesía, es a ti a quien deseo:
tu sabor, la lluvia
en tu cuerpo, mi boca en tu piel.

(Traducción de María Pilar Somacarrera Íñigo)

VARIACIONES SOBRE LA PALABRA AMOR

Ésta es la palabra que usamos para taladrar
agujeros. Tiene el tamaño justo para esos tibios
huecos del discurso, para esos vacíos en forma
de corazón que no se parecen
a los corazones de verdad. Si le añades encaje,
puedes venderla.
También la escribimos en el único
espacio vacío del impreso que viene sin instrucciones. Hay revistas
enteras que no tienen mucho más
que la palabra amor; puedes
frotártela por todo el cuerpo
y también puedes cocinar con ella. ¿Cómo sabemos
que no es lo que sucede en las divertidas orgías
de las babosas bajo cartones
mojados? Y los semilleros
de malas hierbas que asoman sus tercos hocicos
entre las lechugas, también la gritan.
¡Amor! ¡Amor!, cantan los soldados, levantando
al saludar sus brillantes cuchillos.

Pero luego estamos nosotros
dos. La palabra nos parece demasiado corta, sólo tiene
cuatro letras, es demasiado austera
para llenar esos vacíos profundos
y desnudos entre las estrellas
que oprimen con su sordera.
No evitamos caer en el amor,
sino en ese miedo.
Esta palabra no es suficiente pero tendrá
que bastarnos. Es una sola
vocal en este silencio
metálico; una boca que dice
oh, una y otra vez, con asombro
y dolor, un suspiro, un dedo
asido a un acantilado. Puedes
agarrarte o dejarte caer.

(Traducción de María Pilar Somacarrera Íñigo)

HAS OÍDO AL HOMBRE AL QUE AMAS

Has oído al hombre al que amas
hablando consigo mismo en el cuarto de al lado.
No sabía que le escuchabas.
Pegaste el oído al muro
pero no conseguías captar las palabras,
sólo una especie de ruido sordo.
¿Estaba enfadado? ¿Estaba maldiciendo?
¿O era una especie de comentario
como una larga y críptica nota al pie en una página de versos?
O buscaba algo que había extraviado,
como las llaves del coche?
Entonces, de repente, se puso a cantar.
Te asustaste
porque era algo nuevo,
pero no abriste la puerta, no entraste,
y siguió cantando con su voz grave, desafinada,
densa y dura como el brezo.
La canción no era para ti, no te mencionaba.
Tenía otra fuente de contento,
nada que ver contigo en absoluto,
era un hombre desconocido, que canta en su cuarto, solo.
¿Por qué te sentiste tan dolida, y tan curiosa,
y al mismo tiempo tan feliz,
y también tan libre?

EL INSTANTE

El instante en que, después de muchos años
de arduo trabajo y un largo viaje
te detienes en el centro de tu habitación,
casa, medio acre, milla cuadrada, isla, país,
consciente al fin de cómo llegaste ahí,
y dices, esto es mío,

es el mismo instante en que los árboles desatan
sus suaves brazos de tu alrededor,
las aves recuperan su lenguaje,
los acantilados se agrietan y colapsan,
el aire se aleja de ti como una ola
y no logras respirar.

No, susurran ellos. 

No eres dueño de nada.
Eras un visitante, una y otra vez
subiendo la colina, plantando la bandera, proclamando.
Nunca te hemos pertenecido.
Nunca nos encontraste.
Fue siempre al contrario.

(Traducción de Marisol Bohórquez Godoy).

LOS POETAS RESISTEN

Los poetas resisten.
Es difícil librarse de ellos,
aunque Dios sabe que se ha intentado.
Nos los encontramos en el camino
en actitud mendicante, con sus platos,
una costumbre ancestral.
No tienen nada,
excepto moscas secas y céntimos falsos.
Nos miran como pasmados.
¿Están muertos o qué?
Sin embargo, tienen esa mirada irritante
de los que saben más que nosotros.

¿Saben más de qué?
¿Qué es lo que alegan saber?
Escupidlo, les silbamos.
¡Decidlo claro de una vez!
Si buscas una respuesta sencilla,
entonces fingen estar locos,
o borrachos, o pobres.
Se pudieron esos disfraces
hace algún tiempo,
esos jerséis negros, esos andrajos;
ahora pueden quitárselos
Y tienen problemas con sus dientes.
Ésa es una de sus cargas.
Les vendría bien ir al dentista.

También tienen problemas con sus alas.
No se muestran dispuestos a colaborar
con nuestro departamento de vuelos.
Ya no planean, no resplandecen,
no bromean.
¿Para qué demonios les pagamos?
(Imagina que les pagamos.)
No pueden despegar
con sus plumas enlodadas.
Si vuelan, es hacia abajo,
hacia la húmeda tierra gris.

Idos, les decimos,
y llevaos vuestra aburrida tristeza.
No os queremos aquí.
Se os ha olvidado cómo decirnos
lo sublimes que somos.
Que el amor es la respuesta,
siempre nos gustó ese verso.
Se os ha olvidado cómo hacernos la pelota.
Ya no sois sabios.
Habéis perdido vuestro esplendor.

Pero los poetas resisten.
No se puede decir que no son tenaces.
No saben cantar, no saben volar.
Sólo saltan y croan
y se golpean contra el aire
como si estuvieran en jaulas,
y cuentan el viejo chiste.
Cuando les preguntan, responden
que dicen lo que deben.
¡Jopé, qué pretenciosos son!

Sin embargo, saben algo.
Hay algo que sí que saben.
Algo que están susurrando.
No alcanzamos a oírlo.
¿Será sobre el sexo?
¿O sobre el polvo?
¿O sobre nuestro miedo?

(Traducción de María Pilar Somacarreras Íñigo)

EL HOMBRE QUE EXISTIÓ

En el campo con nieve va abriendo mi marido
una X, concepto definido ante un vacío
se aleja hasta que queda
oculto por el bosque.

Cuando ya no lo veo,
en qué se ha convertido
que otra forma
Se mezcla en la
maleza, vacila por los charcos
se esconde de la alerta,
presencia de animales de la ciénaga

Volverá
al mediodía; o puede que la idea
que tengo yo de él
sea lo que me encuentre de regreso
y con él amparándose tras ella

Puede que me transforme a mí también
si llega con los ojos del zorro o los del búho
o con los ocho
ojos de la araña

No puedo imaginarme
qué verá
cuando abra la puerta

(Traducción de Lidia Taillefer y Álvaro García).

ELLA PIENSA EN DEJARLO

Cambiarme a mí
misma sería más fácil
que cambiarte a ti

podría crearme corteza y
convertirme en arbusto

o volver atrás en el tiempo
a la imagen de una mujer
en la cueva de piedra, el vientre
ahogado en un bulbo de fertilidad,
la cara una pequeña perla, un
grumo, reina de las termitas

o (mejor) dar un salto,
esconderme entre los nudillos
y los velos venosos y morados de viejas damas,
volverme artrítica y refinada

o todavía otra vuelta más:
caigo a lo largo de tu
cama aferrándome a mi corazón
y cubro con una sábana de nostalgia
mi sonrisa lustrada de adiós

que acaso sea inoportuna
pero definitiva.

(Traducción de Edgardo Dobry y Andrea Montoya).