martes, 29 de noviembre de 2022 12:52h.

Siete poemas de Miguel Hernández

Miguel Hernández (fotografía coloreada)
Miguel Hernández (fotografía coloreada)

(Orihuela, Alicante, 30 de octubre de 1910 – Alicante, 28 de marzo de 1942)

Nació en Orihuela. Su padre, Miguel Hernández Sánchez, se dedicaba a la cría de ganado caprino y por eso su hijo desde muy niño tuvo que obrar como pastor de cabras. Estudió en el centro de enseñanza “Nuestra Señora de Montserrat”, y luego, en las escuelas del Amor de Dios. En 1923 inició el bachillerato en el colegio Santo Domingo de Orihuela, y aunque se le ofreció una beca para continuar sus estudios, su padre rechazó la oferta al considerar que Miguel debía dedicarse únicamente al pastoreo.   

Eso no le impidió desarrollar un creciente gusto por la lectura y la escritura (de hecho, era habitual verle realizar sus quehaceres en el monte acompañado de una máquina de escribir). Más aún desde que trabó amistad con el canónigo Luis Almarcha Hernández, que le prestó algunas obras clásicas.Y tanto interés tuvo por aquel mundo, que decidió formar un grupo literario junto a otros jóvenes de la población; entre ellos, su amigo José Marín Gutierrez, que luego sería conocido como “Ramón Sijé” y al que Hernández dedicaría tras su muerte en 1935 uno de sus más célebres poemas.

Por esas fechas comenzó también a enviar sus trabajos a las revistas y diarios (en marzo de 1931, además, ganó el que sería su primer y único premio literario, el de la Sociedad Artística del Orfeón ilicitano) y, animado por las críticas, decidió marchar a Madrid al terminar 1931 para continuar con su carrera literaria. Estuvo, sin embargo, poco tiempo, pues no tuvo el éxito esperado y en mayo tuvo que regresar a Orihuela.

Fue en 1933 cuando publicó su primer libro, Perito en Lunas, una obra prometedora que le permitió ser más conocido y que le ayudó a hallar trabajo en las llamadas Misiones Pedagógicas que había puesto en marcha la Segunda República. Además, poco después, obró como secretario y redactor de la enciclopedia Los toros, y colaboró de forma asidua en la Revista de Occidente. También en esas fechas conoció a Vicente Aleixandre y a Pablo Neruda, además de a la pintora Maruja Mallo, con la que inició una relación de amor que le inspiró buena parte de los sonetos de su El rayo que no cesa. Estuvo con ella, sin embargo, poco tiempo, pues pronto inició un noviazgo con la que sería su esposa, Josefina Manresa.

En esos años republicanos su poesía adquirió un tono social a favor de los pobres y desheredados.

Al inicio de la Guerra Civil en 1936 se sumó al bando republicano y colaboró en la propaganda bélica a favor de su causa. Fue, además, desde comienzos de 1937 comisario político. Ese mismo año conoció a César Vallejo en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura; y, más tarde, viajó a la Unión Soviética en representación del gobierno de la República. Igualmente, escribió su drama Pastor de la muerte.

A finales de 1937, tras casarse con su novia Josefina, nació su primer hijo, Manuel Ramón, que, desgraciadamente, fallecería a los pocos meses de nacer. A él dedicaría su poema Hijo de la luz y de la sombra.

De 1937 es también su libro Viento del pueblo, al que siguió, poco antes de que terminara la guerra, El hombre acecha. Y aunque una comisión depuradora franquista ordenó destruir todas las copias de este título, al final dos se lograron salvar. Esto permitió que la obra se reeditara en 1981.

Intentó huir a Portugal tras la derrota del bando republicano, pero fue capturado y confinado en prisión. Allí compuso sus Nanas de la cebolla, dedicadas a su segundo hijo, Manuel Miguel, nacido poco atrás. Las escribió inspirándose en una carta de Josefina en la que le decía que solo tenían en casa pan y cebolla. Logró salir temporalmente en prisión, pero en Orihuela fue nuevamente detenido. Tras ello fue juzgado y condenado a muerte, aunque posteriormente se conmutó esta pena por la de treinta años de cárcel. En 1941, en prisión, enfermó. Primero tuvo bronquitis, luego tifus y finalmente una tuberculosis que no logró superar. Fallecería el 28 de marzo de 1942.

Aunque por su poesía se le ha vinculado con la generación del 36, estuvo más próximo a la del 27. De hecho, Dámaso Alonso le calificó como “genial epígono” de esta última. Su extraordinaria fuerza, su capacidad para conmover al lector con sus imágenes, el surrealismo que a veces desprende o su tan bello como sobrecogedor intimismo lírico, hacen de él uno de los más grandes poetas de la literatura española.

YO NO QUIERO MÁS LUZ QUE TU CUERPO ANTE EL MÍO…

Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío:
claridad absoluta, transparencia redonda,
limpidez cuya entraña, como el fondo del río,
con el tiempo se afirma, con la sangre se ahonda.

¿Qué lucientes materias duraderas te han hecho,
corazón de alborada, carnación matutina?
Yo no quiero más día que el que exhala tu pecho.
Tu sangre es la mañana que jamás se termina.

No hay más luz que tu cuerpo, no hay más sol: todo ocaso.
Yo no veo las cosas a otra luz que tu frente.
La otra luz es fantasma, nada más, de tu paso.
Tu insondable mirada nunca gira al poniente.

Claridad sin posible declinar. Suma esencia
del fulgor que ni cede ni abandona la cumbre.
Juventud. Limpidez. Claridad. Transparencia
acercando los astros más lejanos de lumbre.

Claro cuerpo moreno de calor fecundante.
Hierba negra el origen; hierba negra las sienes.
Trago negro los ojos, la mirada distante.
Día azul. Noche clara. Sombra clara que vienes.

Yo no quiero más luz que tu sombra dorada
donde brotan anillos de una hierba sombría.
En mi sangre, fielmente por tu cuerpo abrasada,
para siempre es de noche: para siempre es el día.

ELEGÍA A RAMÓN SIJÉ

                                               (En Orihuela, su pueblo y el mío, se me
                                                    ha muerto como el rayo, Ramón Sijé,
                                                                         con quien tanto quería.)

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas,
y órganos mi dolor sin instrumentos,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler, me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo voy
de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano está rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes,
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero mirar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera,
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas
y tu sangre se irá a cada lado,
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas,
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

NIÑO YUNTERO

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
resuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.

ACEITUNEROS

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma, ¿quién,
quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.

Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.

Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos, decidme en el alma ¿quién
quién amamantó los olivos?

Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.

No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.

Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.

¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?

Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.

Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.

NANAS DE LA CEBOLLA

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre su cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma, al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pones alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
y el niño como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño;
nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

ME SOBRA EL CORAZÓN

Hoy estoy sin saber yo no sé cómo,
hoy estoy para penas solamente,
hoy no tengo amistad,
hoy sólo tengo ansias
de arrancarme de cuajo el corazón
y ponerlo debajo de un zapato.

Hoy reverdece aquella espina seca,
hoy es día de llantos de mi reino,
hoy descarga en mi pecho el desaliento
plomo desalentado.

No puedo con mi estrella.
Y busco la muerte por las manos
mirando con cariño las navajas,
y recuerdo aquel hacha compañera,
y pienso en los más altos campanarios
para un salto mortal serenamente.

Si no fuera ¿por qué?... no sé por qué,
mi corazón escribiría una postrera carta,
una carta que llevo allí metida,
haría un tintero de mi corazón,
una fuente de sílabas, de adioses y regalos,
y ahí te quedas, al mundo le diría.

Yo nací en mala luna.
Tengo la pena de una sola pena
que vale más que toda la alegría.

Un amor me ha dejado con los brazos caídos
y no puedo tenderlos hacia más.
¿No veis mi boca qué desengañada,
qué inconformes mis ojos?

Cuanto más me contemplo más me aflijo:
cortar este dolor ¿con qué tijeras?

Ayer, mañana, hoy
padeciendo por todo
mi corazón, pecera melancólica,
penal de ruiseñores moribundos.

Me sobra corazón.

Hoy, descorazonarme,
yo el más corazonado de los hombres,
y por el más, también el más amargo.

No sé por qué, no sé por qué ni cómo
me perdono la vida cada día.

CANCIÓN ÚLTIMA

Pintada, no vacía:
pintada está mi casa
del color de las grandes
pasiones y desgracias.

Regresará del llanto
adonde fue llevada
con su desierta mesa,
con su ruinosa cama.

Florecerán los besos
sobre las almohadas.
y en torno de los cuerpos
elevará la sábana
su intensa enredadera
nocturna, perfumada.

El odio se amortigua
detrás de la ventana.

Será la garra suave.

Dejadme la esperanza.