martes, 29 de noviembre de 2022 12:52h.

Siete poemas de Robert Frost

Robert Frost
Robert Frost

(San Francisco, 26 de marzo de 1874 – Boston, 29 de enero de 1963)

Sus padres eran Isabelle Moodle y William Prescott Fost, maestro y editor del San Francisco Evening Bulletin. Este falleció cuando Robert tenía once años, lo que le obligó a empezar a trabajar para ayudar económicamente a la familia.

En 1892 se graduó en el instituto de Lawrence y en 1894 vendió su primer poema “Mi mariposa: una elegía” a una editorial independiente de Nueva York. Se sintió tan pletórico por ello que, tras descubrirlo, le pidió matrimonio a su futura esposa Elinor Miriam White. Sin embargo, ella le dijo que antes quería completar sus estudios, casándose finalmente en 1895.

Entre 1897 y 1899 Frost estuvo en la Universidad de Harvard, pero la abandonó por culpa de una enfermedad. También estuvo trabajando en la granja que le había comprado su abuelo, pero como esta no le daba suficiente dinero tuvo que laborar también como hilandero, zapatero y editor de un periódico rural. Finalmente, logró un empleo como profesor de inglés en la Academia Pinkerton de Derry, dedicándose posteriormente a la docencia en Plymouth antes de partir en 1912 con su familia a Gran Bretaña.

Fue en el continente europeo donde publicó sus dos primeros libros, la colección de poemas A Boy’s Will (1913) y los monólogos dramáticos de North of Boston (1914), que le procuraron un éxito casi inmediato. De hecho, cuando en 1915 regresó a los Estados Unidos comprobó que por ellos era también conocido en su país natal. Aquí compró una granja y se dedicó a su labor de profesor de inglés –lo fue hasta el año de su muerte- y a la escritura. En 1924 ganó el primero de sus cuatro premios Pulitzer por su libro New Hampshire: A Poem with Notes and Grace Notes. Los otros tres los obtendría por Collected Poems (1931), A Further Range (1937) y A Witness Tree (1943). Otras obras notables de su extensa producción serían Un valle en la montaña (1916), Arroyo hacia el oeste (1928), Una cordillera más lejana (1936), Una mascarada de la razón (1945) y En el claro (1962).

En su poesía hay un tema recurrente: la naturaleza y su relación con las emociones humanas. Hay, también, en ella mucha tragedia, pues acompañó siempre su vida: a la temprana muerte de sus padres se sumaron la enfermedad de su esposa y el hecho de sobrevivir a cuatro de sus seis hijos (tres fallecieron por enfermedad y uno por suicidio). De allí que la soledad sea también otra de sus temáticas habituales, si bien, logra paliarla a veces con su ironía y su pensamiento estoico, que le hacen fijarse en lo bello de sus contemplaciones. En cuanto a su estilo, solía utilizar la métrica tradicional, aunque combinándola con un lenguaje coloquial.

En 1960 obtuvo por el conjunto de su obra la Medalla de Oro del Congreso. En enero de 1963, con 88 años, falleció en Boston.

MI HUÉSPED DE NOVIEMBRE 

Cuando ella, mi Pena, está conmigo,
Piensa que estas jornadas oscuras y lluviosas
De otoño, son aquellas sin duda más hermosas
En el año: es el árbol sin follaje su amigo
Y el sendero de hierbas con gotas temblorosas.

Su entusiasmo me impide estar tranquilo.
Ella habla y habla y yo la escucho resignado:
La alegra que los pájaros al fin se hayan marchado,
La alegra que su traje humilde y gris de hilo
Con la bruma viscosa se haya vuelto plateado.

Las arboledas solas, desoladas,
El cielo plúmbeo y la lívida tierra,
Las bellezas que observa con vista verdadera:
Cree que ante mis ojos ellas no valen nada
Y quiere que le explique por qué tanta ceguera.

No fue ayer que aprendí lo que es amar
Los días de noviembre, su ascética templanza,
Antes que de la nieve sea el mundo a semejanza;
Pero sería inútil que lo intente explicar,
Y es mejor que sea ella quien diga su alabanza.

(Versión de Pablo Anadón)

NOCHE INVERNAL DE UN ANCIANO

Más allá de las puertas, a través de la helada
que cubre la ventana formando unas estrellas
dispersas-, en la sombra, el mundo esta mirando
su cara: está vacía la habitación. Y duerme.
La lámpara inclinada muy cerca de su rostro
le impide ver el mundo. Ya no recuerda nada.
Y la vejez le impide recordar en qué tiempo
llegó hasta estos lugares, y por qué está aquí solo.
Rodeado de toneles se encuentra aquí perdido.
Sus pasos temblorosos hacen temblar el sótano:
lo asusta con sus pasos temblorosos: y asusta
otra vez a la noche (la noche de sonidos
familiares). Los árboles aúllan allá afuera;
todas las ramas crujen. Una luz hay tan sólo
para su rostro, quieta, una luz en la noche.
A la Luna confía -en esa Luna rota
que por ahora vale más que el sol- el cuidado
de velar por la nieve que yace sobre el techo,
de velar los carámbanos que cuelgan desde el muro.
Sigue durmiendo. Un leño se derrumba en la estufa.
Despierta con el ruido. Sobresaltado cambia
de lugar. Es la noche. Respira suavemente.
No puede un viejo solo llenar toda una casa,
un rincón de los campos, una granja. No puede.
Así un anciano guarda la casa solitaria,
en la noche de invierno. Y está solo. Está solo.

(Versión de Miguel Arteche)

INTIMIDAD CON LA NOCHE 

Sé lo que es la nocturna intimidad.
He salido con lluvia, con lluvia he regresado.
He pasado las últimas luces de la ciudad.

El callejón más triste he contemplado.
He cruzado al sereno que hace su recorrido
Y para no explicarle, la mirada he bajado.

El rumor de mis pasos, callado, he detenido
Cuando un grito ahogado me ha llegado de lejos
Sobre casas y calles y baldíos vecinos,

Sin que fuera un llamado o un saludo; y más lejos,
Más lejos, en la altura sideral,
Un reloj luminoso contra el cielo

Proclamaba que el tiempo no era malo ni bueno.
Sé lo que es la nocturna intimidad. 

(Versión de Pablo Anadón)

SIEGA

En la linde del bosque no había más sonido
que el leve cuchicheo de una larga guadaña
hablando con la tierra. No sé qué le diría.
Quizás le contaba algo sobre el calor del sol,
o quizás algo acerca de aquel vasto silencio,
y por esto su voz no era más que susurro.
No le hablaba de un sueño nacido de los ocios,
ni de oro regalado por algún hada o duende:
fuera de la verdad, todo parece frágil
para el ferviente amor que alineó gavillas,
no sin dejar algunas flores (blancas orquídeas) ,
y asustó a una serpiente de un verde coruscante.
El sueño más hermoso que el trabajo conoce
son los hechos. Mi larga guadaña susurró,
y olvidóse del heno.

(Versión de Agustí Bartra)

EL CAMINO NO ELEGIDO

Dos caminos se separaban en un bosque amarillo
y, lamentando no poder recorrerlos ambos
al ser un único viajero, me detuve durante un tiempo
para contemplar el primero esforzando la vista
hasta el punto en que se doblaba sobre la maleza;
tomé después el otro, juzgándolo igualmente atractivo,
pero dueño de un más poderoso reclamo:
su manto de hierba intacta y sus ansias de ser recorrido;
aunque a ese respecto, el acto del tránsito en sí
los había ocupado a ambos en la misma medida,
y los dos yacían igualmente aquella mañana
cubiertos de hojas no pisadas, hojas sin mancillar.
¡Oh, conservé el primero para otro momento!
Aunque, sabiendo que un camino conduce a otro,
dudé sobre si algún día podría volver atrás.
Deberé contar esto suspirando
en algún lugar del futuro, a años de distancia:
dos caminos se separaban en un bosque, y yo—

yo elegí el menos transitado,
ese acto marcó la diferencia.

(Versión de Adrián Viéitez)

UN ALTO EN EL BOSQUE MIENTRAS NIEVA

De quién es este bosque, saber creo
-en el poblado su morada veo-
no habrá de sorprenderme contemplando
cubrir su bosque el invernal blanqueo.

Mi caballito se dirá extrañado
que, sin granja cercana, hemos parado
de este año en la tarde más oscura,
entre el bosque y el lago congelado.

Sacudiéndose, agita su cencerro
preguntando quizá: -¿será algún yerro?
Sólo el cierzo y los copos rumorean
blandamente del bosque en el encierro.

Yo, el bosque hondo y fusco veo risueño...
Mas, en cumplir promesas tengo empeño,
y millas debo andar antes del sueño,
un largo andar para llegar al sueño.

(Versión de Agustí Bartra)

UN PÁJARO MENOR

He deseado que un ave se alejara
Con su canto monótono del umbral de mi casa.

Desde la puerta le he batido palmas
Cuando creí que ya no lo aguantaba.

En parte debió ser mía la culpa.
El mal no era del ave con su música.

Y por cierto ha de haber algún error
En querer acallar cualquier canción. 

(Versión de Pablo Anadón)