jueves, 20 de junio de 2024 22:09h.

Siete poemas de José Manuel Caballero Bonald

Foto: Fundación Caballero Bonald
Foto: Fundación Caballero Bonald

(Jerez de la Frontera, Cádiz, 11 de noviembre de 1926 – Madrid, 9 de mayo de 2021)

Fue uno de los poetas más importantes de la llamada Generación del 50, constituida tras el acto que unió en 1959 a varios poetas frente a la tumba de Antonio Machado en Collioure, entre ellos el propio Caballero.

Su padre era cubano y su madre venía de la aristocracia francesa. Entre 1949 y 1952 estudió Filosofía y Letras en Sevilla y, luego, Náutica y astronomía en Cádiz. En esas fechas, además, se relacionó con la bohemia local y conoció a los autores de la revista Platero, en donde publicó sus primeras poesías. En 1952 apareció su primer poemario, Las adivinaciones, gracias al accésit que había obtenido en el Premio Adonáis.

Su carrera la desarrolló posteriormente en América Latina. Fue profesor de literatura española y humanidades de la Universidad de Colombia entre 1960 y 1962, en Bogotá. Aquí escribió, además, la que fue su primera novela, Dos días de septiembre, por la que ganaría en 1961 el Premio Biblioteca Breve. Luego, al volver a España, empezó a extender, junto a otros autores de su generación, la idea de que la poesía era también un arma para derrocar el franquismo, pues desde ella se podía defender la idea de libertad. Y, bajo esos principios, escribió sus obras. De esos años son los libros de poesía Las horas muertas (1959) y Pliegos de cordel (1963), y la novela Ágata ojo de gato (1974), a la que siguieron Toda la noche oyeron pasar pájaros (1981), En la casa del padre (1988) y Campo de Agramante (1992).

Formó parte de varias revistas, como la Papeles de Son Armadans, junto a Camilo José Cela, y presidió la sesión española del PEN Club Internacional (hasta su dimisión en 1981). En 1988 creó la Fundación que lleva su nombre y en 2004 se instituyó, en su honor, el Premio Internacional de Ensayo Caballero Bonald.  

Escribió hasta sus últimos años, sobre todo, poesía, publicando libros como Diario de Argónida (1997), Manual de infractores (2005), La noche no tiene paredes (2009), su autobiografía en verso Entreguerras (2012) y Desaprendizajes (2015), además de su libro de memorias Examen de ingenios (2017).

En su larga carrera obtuvo numerosos premios, entre ellos, el Premio Biblioteca Breve (1961), el  Ateneo de Sevilla (1981), el Plaza & Janés (1988), el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2004) y el Premio Nacional de las Letras Españolas (2005). Pero, entre todos, destaca el prestigioso Premio Cervantes, que ganó en 2012.

Falleció, con 94 años, en 2021.

Pese a estar convencido de que la poesía y el arte debían llegar al máximo número de gentes, prefirió cuidar exquisitamente su lenguaje y la estética, sin seguir las ideas de otros compañeros que prefirieron dar un mensaje más directo. Y así obró tanto en la poesía como en la prosa (que, por otra parte, tiene mucho de poesía). Esto, junto a las reflexiones que incorpora en su obra, hace que sus textos sean a veces un tanto ambiguos y barrocos, lo cual no impide que el lector sea capaz de percibir su belleza y su mensaje. Además, el hecho de que uno de sus temas más habituales sea el de la memoria permite que sea fácil identificarse con sus poesías, que están llenas de vivencias, paisajes que conoció y, por supuesto, amores, que actúan como una especie de motor del texto. Y es que su obra tiene mucho de autobiografía, aunque muchas veces, en aras del arte, la falsee para crear algo más bello que la realidad que vivió. Una idea que está en consonancia con la definición que una vez dio de la literatura: “un anónimo que el escritor se manda a sí mismo”.

ESPERA

Y tú me dices
que tienes los pechos vencidos de esperarme,
que te duelen los ojos de tenerlos vacíos de mi cuerpo,
que has perdido hasta el tacto de tus manos
de palpar esta ausencia por el aire,
que olvidas el tamaño caliente de mi boca.

Y tú me lo dices que sabes
que me hice sangre en las palabras de repetir tu nombre,
de golpear mis labios con la sed de tenerte,
de darle a mi memoria, registrándola a ciegas,
una nueva manera de rescatarte en besos
desde la ausencia en la que tú me gritas
que me estás esperando.

Y tú me lo dices que estás tan hecha
a este deshabitado ocio de mi carne
que apenas sí tu sombra se delata,
que apenas sí eres cierta
en esta oscuridad que la distancia pone
entre tu cuerpo y el mío.

De: Las adivinaciones (1952)

VERSÍCULO DE GÉNESIS

Por las ventanas, por los ojos
de cerraduras y raíces,
por orificios y rendijas
y por debajo de las puertas,
entra la noche.

Entra la noche como un trueno
por los rompientes de la vida,
recorre salas de hospitales,
habitaciones de prostíbulos,
templos, alcobas, celdas, chozos,
y en los rincones de la boca
entra también la noche.

Entra la noche como un bulto
de mar vacío y de caverna,
se va esparciendo por los bordes
del alcohol y del insomnio,
lame las manos del enfermo
y el corazón de los cautivos,
y en la blancura de las páginas
entra también la noche.

Entra la noche como un vértigo
por la ciudad desprevenida,
rasga las sábanas más tristes,
repta detrás de los cobardes,
ciega la cal y los cuchillos
y en el fragor de las palabras
entra también la noche.

Entra la noche como un grito
por el silencio de los muros,
propaga espantos y vigilias,
late en lo hondo de las piedras,
abre los últimos boquetes
entre los cuerpos que se aman,
y en el papel emborronado
entra también la noche.

VÍSPERA DE LA DEPRESIÓN

Contra mí está la noche, están
las hostiles sentencias
de la noche, su cerrazón,
su lamedal, sus extramuros
de alcohol y de incuria
y de calambre. 

                     Entré en la luz
como en un túnel, recorrí
las viscosas lucernas, el declive
más lívido del sexo, la neblina
tenaz de la obsidiana,
                                    hasta caer,
caer
       encima del gran vértigo
tentacular donde nunca amanece. 

Porque logré sobrevivir lo escribo.

De: Descrédito del héroe (1977)

DOBLE VIDA

Entre dos luces, entre dos
historias, entre
dos filos permanezco,
también entre dos únicas
equivalencias con la vida.
Mi memoria equidista de un espacio
donde no estuve nunca:
ya no me queda sitio sino tiempo.

De: Descrédito del héroe (1977)

LA BOTELLA VACÍA SE PARECE A MI ALMA

Solícito el silencio se desliza por la mesa nocturna, rebasa el irrisorio contenido del vaso. No beberé ya más hasta tan tarde: otra vez soy el tiempo que me queda. Detrás de la penumbra yace un cuerpo desnudo y hay un chorro de música hedionda dilatando las burbujas del vidrio. Tan distante como mi juventud, pernocta entre los muebles el amorfo, el tenaz y oxidado material del deseo. Qué aviso más penúltimo amagando en las puertas, los grifos, las cortinas. Qué terror de repente de los timbres. La botella vacía se parece a mi alma.

De: Laberinto de fortuna (1984)

DOMINGO

La veis un día domingo.
Lleva un cuerpo cansado, lleva un traje cansado
(no la podéis mirar),
un traje donde cuelgan trabajos, tristes hilos,
pespuntes de dolor, esperanzas sangrantes
hechas verdad a fuerza de ir remendando sueños,
de ir gastando mañanas, hombres de cada día,
en las estribaciones de un pan dominical.

La veis venir acaso de un azar con ternuras,
de una piedad con fábulas; la veis
venir y no sabéis que está llamándose
lo mismo que la vida,
lo mismo que su traje hecho disfraz de olvido,
hecho carne de engaño y servicial,
cortado a la medida de mensuales lágrimas,
de quebrantos tejidos con la última
hebra de la intemperie, con las briznas
de ese telar de amor donde aprendemos
la hermandad necesaria que es un cuerpo sin nadie.

Sucede que es un día más bien canción que número,
más bien como una lluvia de inclemente mirada,
de humilde mano abierta
que volverá a vestir de desnudez la vida.
Y entonces ya es mentira crecer sobre raíces,
ya es mentira ese tiempo blandamente nocivo
que se nos va quedando alquilado en la piel,
que se nos gasta hasta dejarnos
un mísero rastro de caricia vacía,
llegar a confundirnos en un domingo anónimo,
en un amor sin cuerpo, hilvanando de lástima.

Y entonces, ese día, el domingo,
viene llegando, corre, se nos acerca
(todos la conocemos),
nos mira igual que un charco
de amor recién secado, nos contagia
de todo cuanto es puro en su día siguiente,
porque está consolándose con un jornal caduco,
está desviviéndose
en una pobre sucesión de acopios para amar,
de ir contando los años por tránsitos de trajes,
por memorias zurcidas, por sueños arrancados
del retal de un domingo cegador e ilusorio.

VIVIR MIRÁNDOTE

En tus ojos un mapa vaticina
el futuro,
              bajíos, gozos altos, hondas
grietas, un lodazal, Dios mío,
de espantosa vorágine
                                      y aquella
puerta abierta para entrar
donde estaba esperando
el cuerpo más desnudo de la noche.

Una ventana al tiempo son tus ojos,
me hablan siempre de ti y me restituyen
de todo lo pasado antes de que pasara.

¿Qué habría sido de mí sin esas donaciones
consoladoras de tus ojos? ¿Cómo
habría yo podido sustraerme
a la evidencia de saber que he vivido
porque estaba mirándote?

De: La noche no tiene paredes (2009)