miércoles, 28 de septiembre de 2022 06:32h.

Auguste Maquet, el olvidado coautor de ‘El conde de Montecristo’ y ‘Los tres mosqueteros’

Se dice que un día Alejandro Dumas preguntó a su hijo si había leído su último libro. Su respuesta fue: “Sí. ¿La has leído tú?”. Frase esta, apócrifa o no, que da cuenta de las polémicas surgidas en torno al escritor francés y sus “colaboradores”. De todos ellos el más importante fue Auguste Maquet.
Auguste Maquet retratado por Nadar
Auguste Maquet retratado por Nadar

A la altura de 1839 Auguste Maquet era un joven profesor de historia deseoso de probar suerte en el cada vez más lucrativo campo de la literatura. Hasta el momento su trabajo había pasado totalmente desapercibido, pero acababa de completar un drama al cual veía posibilidades. Por eso se las arregló para contactar con Alejandro Dumas y entregárselo en busca de consejo. Lo que sucedió, empero, cambió por completo su vida, pues el famoso escritor tras ver el potencial del texto, le dijo que quería rehacerlo personalmente para otorgarle una mayor grandeza literaria. De este modo, la obra ideada por Maquet –su título fue Bathilde- acabó publicándose. Pero lo hizo con únicamente el nombre de Dumas en la portada.  

El hecho no supuso, en realidad, ningún problema. Por entonces Dumas, consciente del potencial de Maquet, ya le había contratado como uno más de sus colaboradores literarios. ¿Su función? Trabajar para él pasándole tramas basadas en temas históricos, bien documentadas, incluyendo en sus borradores intrigas y personajes. Era el inicio de una relación que iba a coincidir en el tiempo con los años más gloriosos de Dumas.  

En realidad, ya en esa década muchos sospechaban que la ingente cantidad de obras publicadas por Alejandro solo podía explicarse por un hecho: simplemente, no podía ser él su único autor. Entre los más combativos estuvo el periodista Eugène de Mirecourt, quien inició una cruzada –interesada y dotada de tristes toques xenófobos- para descubrir la verdad. Para ello tendió incluso una trampa al escritor: pidió a uno de sus colaboradores –el mismo Maquet, se supone-, que escribiera mal a propósito un texto para ver cuánto cambiaba Dumas en la versión final. El resultado fue llamativo, tal y como explicó el periodista: “El autor de Los tres mosqueteros , queriendo probar ante la evidencia que su jefe de fábrica no añadió una sílaba y no quitó un ápice de la obra primitiva, compuso, en el acto, bajo los ojos de media docena de íntimos, una frase extraña, una frase bárbara, una frase de cinco versos en los que la palabra AQUELLO se repite dieciséis veces (…) Los amigos cercanos gritaron: ‘¡Dumas tachará a dos o tres!’ (..) M. Dumas no tachó nada”.

Alejandro Dumas, retratado por Nadar, en 1855

Como consecuencia de todas estas afirmaciones, Dumas se vio obligado a reconocer la asociación con Maquet ante la Sociéteé des gens de lettres, la entidad puesta en marcha por Balzac, George Sand, Victor Hugo y él mismo para cuidar los derechos de autor, citando explícitamente las obras de las que era coautor. Entre ellas, Los tres mosqueteros, La reina Margot y El conde de  Montecristo, esto es, lo más granado que había publicado hasta esa fecha.  

Sin embargo, aún con los ríos de tinta que ha generado la historia de Dumas y su colaborador, resulta imposible conocer cuál fue la auténtica aportación de Maquet. Al respecto se han enfrentado los biógrafos y estudiosos, y así, unos le han considerado como un mero documentalista que se limitó a realizar borradores mal redactados a los cuales Dumas insuflaba su excelsa magia romántica, mientras que otros ven a él al verdadero autor de tales obras. Así lo afirmó, por ejemplo, M. G. Simon, quien asegura que fue quien realmente “concibió y escribió Los tres mosqueteros”.

Lo cierto es que, pese al revuelo generado, Maquet siguió trabajando con Dumas hasta 1852, fecha en la cual rompió la relación para  iniciar una carrera como escritor que se saldó con el más completo de los fracasos. Pero no se limitó a ello. También emprendió una serie de movimientos legales para tratar de incluir su nombre en las obras de Dumas. De hecho, su denuncia, en 1858, fue bien conocida en tierras galas, aunque al final tales intentos fueron infructuosos y acabaron con la humillación pública de Maquet, pues el juez minimizó sus colaboraciones y hasta su potencial como escritor. Dumas, tras ello, siguió publicando, empleando a sus trabajadores para mantener su ritmo intacto, si bien nunca volvió a publicar una obra de la trascendencia obtenida con Maquet, quien, al final, acabó convirtiéndose en las décadas siguientes en un gran invisible. Sí, al menos, se aseguró gracias a su labor una vejez cómoda y lujosa, aunque igual mantuvo siempre el pesar por no verse reconocido como, creía, merecía. Con Alejandro Dumas, en cambio, pasó todo lo contrario. Murió arruinado en 1870, tras tomar algunas decisiones equivocadas, pero tras pasar a la historia como el gran autor, junto a Victor Hugo, del XIX francés.