miércoles, 29 de junio de 2022 00:00h.

Antón Chéjov: el médico altruista que se convirtió en un gigante de la literatura

Antón Chéjov
Antón Chéjov

Empezó a escribir por una necesidad: su alcohólico padre, arruinado, había huido de casa para evitar la cárcel. Y aunque Antón, como sus hermanos, agradeció no tener que volver a convivir con él, pues con ello terminaron sus golpes y maltratos, su partida dejó a la familia en una situación económicamente difícil. Así que su talento literario permitió rescatarles. Y no solo eso, también  le permitió pagar sus estudios de medicina. Que era su gran pasión, en realidad. “La medicina es mi esposa legal; la literatura, solo mi amante”, escribió en una ocasión. Algo, desde luego, llamativo, si consideramos que Antón Chéjov acabó convirtiéndose en uno de los tres gigantes, junto a Tolstói y Dostoyevski, de la literatura rusa del XIX.

Chéjov no era el hermano de mayor edad de esa familia. Y eso le habría permitido, de haber querido, apelar a su edad para depositar en otros las responsabilidades económicas. Pero él se negó a ello. Y es que, ya entonces, demostró algo que le acompañó siempre: un altruismo que en ningún instante fue fingido. Como recuerda su hermana María, tras convertirse en médico atendió anualmente a alrededor de un millar de campesinos sin cobrarles nada por sus servicios, dándoles, incluso, a algunos sin coste las medicinas que precisaban. A lo que hay que unir su costumbre de dar clases de higiene gratuitas o el que durante un episodio de cólera decidiera prestar, también gratuitamente, sus servicios en veinticinco pueblos. Gorki, que lo conocía bien, decía que cuando Chéjov se reunía con su grupo de intelectuales, todos se mostraban más sinceros, reales y sencillos. Porque les contagiaba su modestia y generosidad. Una forma de ser a la que el destino dio una triste recompensa: en 1887, con 27 años, y como consecuencia de su labor como médico, contrajo la tuberculosis y su mundo cambió totalmente. Y aunque trató de seguir ejerciendo, al final, en 1892, tuvo que abandonar su pasión y dedicarse en exclusiva a la escritura.

Lo anterior es importante porque nos ayuda a entender mejor la literatura de Chéjov. Al igual que la sensibilidad que mostró a la hora de pintar las emociones y la psicología del ser humano; y la forma de ofrecer sus textos, centrándose en algunos detalles rápidos que a veces ni siquiera parecen ser los más importantes de la trama, como si fuera consciente de que en la vida no siempre se tiene el protagonismo. Así comprobaremos si leemos (o vemos) obras de teatro como La gaviota (1896), Tío Vania (1900) y El jardín de los cerezos (1904), en donde, además, reconoceremos en sus personajes males que resultan muy modernos: el desencanto, el hastío, el escepticismo y la sensación de fracaso. Y lo mismo podemos decir de sus cuentos, que resultan tan extraordinarios como experimentales. Por ejemplo, La dama del perrito (1899), quizá el mejor de todos, en donde asistimos a la historia de un hombre y una mujer que creen hallar el amor en su romance adúltero; y que sirve de excusa a Chéjov para hablar de la soledad, del egoísmo del ser humano y de la fugacidad del amor, todo, sin moralinas ni juicios. Y con una complejidad que resulta llamativa en un relato de tan pocas páginas y que, además, como todas las obras de Chéjov, pasa de soslayo por ciertos acontecimientos que, sin embargo, son importantes para la trama. De hecho, esa es una de sus virtudes: permitir que los lectores se interesen en lo que no cuenta y reflexionen para sacar entre líneas la información.  

Chéjov fallecería con tan solo 44 años, un 15 de julio de 1904, dejando tras de sí una obra en que latió siempre una necesidad: que la vida hallara, pese a todo, un significado. Entonces, ya gozaba de cierta fama, pero aún así, nunca llegó a ver la influencia que su trabajo tuvo. Es más, él mismo nunca se creyó un buen literato y hasta llegó a afirmar que no estaba hecho para el teatro y que había desaprovechado todas las oportunidades de crear algo importante. Quizá, porque observaba las monumentales obras de algunos de sus conocidos, pese a haber hallado algo propio que le definía. Con ese laconismo y esa libertad, sin hacer juicios morales y mostrando el mundo, muchas veces lastimero y gris, que se desplegaba ante sus ojos. Dando, eso sí, vías para seguir mejores caminos. Y es que, pese a retratar las incertidumbres y frustraciones del ser humano, Chéjov también dio algunas claves para que el recorrido fuera más fácil. Precisamente, el objetivo que había tenido cuando había empezado a estudiar medicina: que la vida, en los momentos en que era dura, doliera menos.