martes, 28 de mayo de 2024 00:03h.

Lucy Stone y su lucha para dotar de voz a las mujeres

Lucy Stone (1818-1893) encarna como pocas personas la lucha que emprendieron algunas mujeres del XIX para conseguir dos objetivos: la abolición de la esclavitud y la declaración de la igualdad entre hombres y mujeres. En un mundo en que estaba mal visto que una mujer debatiera (eso, cuando se lo permitían), ella se convirtió en una oradora formidable que pugnó dialécticamente con algunas de las personalidades de su época. 
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Lucy Stone

De niña no entendía una cosa que hacía su madre: de vez en cuando, a escondidas, la veía tomar monedas de la bolsa de su marido. O se la encontraba vendiendo algún producto de la granja que tenían, también a hurtadillas, pidiéndole que no contara a su padre lo que estaba haciendo. Algo que le llenaba de preguntas. Porque ¿acaso no trabajaba su madre todo el día? ¿Acaso no era ella que ganaba el dinero? Hasta que, tiempo después, al ver lo que pasaba en otras familias, comprendió que los matrimonios funcionaban de ese modo. Así que esa niña, Lucy Stone, se prometió que viviría siempre sola para no tener que verse en la necesidad de tomar a escondidas el dinero que guardaba su marido.  

Lucy había nacido en West Brookfield (Massachusetts) el 13 de agosto de 1818, en un contexto en que algunos sectores de los Estados Unidos empezaban a plantearse con seriedad las dos luchas que defendería Lucy toda su vida: la liberación de los esclavos y la igualdad entre hombres y mujeres. Eso le permitió a acceder a obras, como las de Sarah Grimké, que reforzaron sus deseo de crecer intelectualmente y ser una mujer independiente. A los 16 años ya ejercía como profesora en las escuelas del distrito. A los 21 entró en el Seminario Femenino Mount Holyoke, aunque pronto se fue a la Wesleyan Academy estuvo poco timpo, pues no le gustó el ambiente racista del centro. Hasta que le informaron de que en la Facultad de Oberlin Collage, en Ohio, se iba a permitir, por primera vez en su historia, la entrada de mujeres en las aulas. Así que, en cuanto le fue posible, se matriculó.

Pero allí hubo algo que ya había vivido en población natal: no le dejaban asistir a las reuniones o grupos de debate, y cuando lo hacía, le impedían utilizar la palabra. Así que decidió rebelarse y manifestó a su familia que a partir de ese momento se dedicaría a enseñar y a hacer activismo. Debatiendo y hablando con todos. Convenciendo con la inteligencia y la palabra. Cosa que no gustó a su madre y a su hermana, que, conscientes de que eso de que una mujer diera su opinión en público estaba muy mal visto, temían que Lucy fuera atacada por ello. Pero ella no cesó en sus deseos, y, como primer paso, organizó junto a Antoinette Brown en la Facultad un club de debate de mujeres que logró atraer a los estudiantes hasta que, un día, los encargados del centro les comunicaron que debían cesar esa actividad porque contravenía sus normas. Y ello le permitió lograr cierta fama. Tanta, que un día un ex editor de un periódico la desafió a hablar en público con él. Ella aceptó. Y él salió perdiendo de forma estrepitosa.

Y es que Lucy Stone se había convertido en una oradora formidable. Y pronto iniciaría un camino que haría de ella una de las mujeres más influyentes para el movimiento de liberación de la mujer en los Estados Unidos. Así, ya el mismo año en que se licenció, en 1847 –fue la primera mujer graduada de Massachusetts-, comenzó a trabajar como profesora de la Sociedad Americana en contra de la Esclavitud; cargo que, además, le sirvió para defender la causa feminista. Luego, organizó la primera Convención nacional por los derechos de la mujer en Worcester; fue presidenta (desde 1861) de la Asociación de Mujeres de Nueva Jersey y cofundadora de la Liga Nacional de Mujeres; y, en 1869, fue una de las primeras en formar parte de la Asociación Americana pro Sufragio de la Mujer.

Fue haciendo activismo como conoció a Henry B. Blackwell, que defendía los mismos principios que ella, y se enamoró de él. Y eso le llevó a faltar a una de sus promesas de juventud: no casarse nunca. Juntos fundarían el semanario Diario de la Mujer, en donde ella firmaría siempre con su apellido de soltera. “Mi nombre es mi identidad y no debo perderla”, escribiría a su marido al comunicarle su resolución.  

Lucy moriría en 1893, a los 75 años, tras dedicar toda su vida a los ideales en que había creído desde su juventud. Y aunque es verdad que fuera de Boston, en donde se le ha dedicado un famoso monumento que comparte con Abigail Adams y Phillis Wheatley, su figura no es demasiado conocida, ella encarna como pocas personas a esas mujeres del XIX que lucharon para que se dejaran atrás algunas de las costumbres más vergonzosas del ser humano. Mujeres sin las que el mundo de hoy no sería el mismo.