martes, 16 de agosto de 2022 12:02h.

Tsutomu Yamaguchi, el hombre que sobrevivió a dos bombas atómicas

Tsutomu Yamaguchi
Tsutomu Yamaguchi

Vivía en Nagasaki pero tres meses atrás se había trasladado a Hiroshima para trabajar en el diseño de un nuevo petrolero para su empresa Mitsubishi Heavy Industries. Tenía 29 años, era ingeniero naval y ese 6 de agosto de 1945 debía ser su último día en la ciudad. Japón entonces estaba en guerra, pero él lo que quería era regresar a casa con su esposa Hisako y su pequeño hijo Katsutoshi.

Esa mañana se dirigía a la estación del tren, dispuesto a iniciar su jornada de trabajo junto a dos compañeros, cuando cayó en la cuenta de que había olvidado el sello de identificación que debía presentar ante las autoridades. Así, fue caminando en su búsqueda hasta que, a eso de las 8.15, escuchó el ruido de un bombardero (el llamado “Enola Gay”) y contempló dos pequeños paracaídas desprendiéndose de él. De inmediato, un gran destello en el cielo inundó todo y se oyó una terrible explosión cuya onda expansiva arrancó a Yamaguchi del suelo, haciéndole girar en el aire hasta caer sobre un campo cercano.


Nubes de hongo producidas por las bombas atómicas de Hiroshima (izquierda) y Nagasaki (derecha)

Por unos instantes se quedó ciego, aunque aún pudo ver la nube en forma de hongo que se elevaba hacia el cielo. Luego, pese a las graves quemaduras de su cuerpo, se levantó y, totalmente sordo –el ruido le había roto los tímpanos-, sacó fuerzas para reunirse con sus compañeros. Se desplazó hasta un refugio, en donde pasó la noche y recibió ayuda médica, y con el nuevo día tomó un transporte para regresar a su casa en Nagasaki. En el camino contempló una imagen terrible de edificios destrozados, fuegos y cuerpos carbonizados que nunca olvidó.

El 9 de agosto, Yamaguchi pese a todas sus heridas, las vendas de su cuerpo y las muchas secuelas de la explosión, acudió a su lugar de trabajo. El país hervía por la situación y el gobierno debatía qué hacer ante el ataque, más aún, después de que el presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, pidiera la rendición de Japón amenazando, si no la firmaba, “una lluvia de ruina desde el aire como nunca se ha visto en esta tierra”. Pero, desde luego, lo último que podía imaginar Yamaguchi era que esa misma mañana iba a vivir, otra vez, el horror de una bomba atómica.

A las 11 había quedado con el director de su empresa para narrarle lo sucedido en Hiroshima, pero este se mostró incrédulo: le parecía imposible que una bomba barriera una ciudad al completo. Entonces, cuando Yamaguchi iba a insistir en su argumento, el cielo volvió a iluminarse con una explosión. Nuevamente, Yamaguchi cayó al suelo, pero esta vez logró salir del edificio sin sufrir graves daños y comenzó a recorrer la devastada Nagasaki en busca de su familia. Al llegar a su casa comprobó que su esposa e hijo habían logrado sobrevivir, pues al ser ella consciente de lo que sucedía por el propio relato de su marido, se habían refugiado en un túnel.  


Tsutomu Yamaguchi

Las cifras de muertos de los dos lugares fueron terribles. Se calcula de 70 a 146 mil civiles fallecidos en Hiroshima y de 39 a 80 mil en Nagasaki, y eso, sin contar las consecuencias por la radiación que sufrieron los supervivientes. De hecho, el caso de Tsutomi Yamaguchi fue extraordinario, pues no llegó a sufrir secuelas tan terribles como las de la mayoría de sus convecinos. Durante el resto de su vida siguió trabajando, refugiándose en la lectura y escribiendo poesía para combatir lo vivido. Nunca tuvo deseo alguno de contar su experiencia hasta que, con la llegada del nuevo milenio, se animó a narrarla en un libro de memorias. Su testimonio impresionó tanto que de la noche a la mañana se hizo famoso, siendo entrevistado y llamado por numerosos periodistas que deseaban saber más de su sorprendente historia. En 2006 habló, incluso, ante las Naciones Unidas para defender el desarme nuclear y en 2009 recibió de su gobierno una distinción por ser “nijyuu hibakusha”, esto es, una “persona bombardeada dos veces”. Moriría poco después, a los 93 años, tras haberse convertido en uno de los testigos más importantes de los horrores de las guerras atómicas.