martes, 28 de mayo de 2024 00:03h.

Walter Benjamin, el progreso destructor y el valor de la incertidumbre

Hoy es el aniversario de la muerte de Walter Benjamin (1892-1940), uno de los pensadores del siglo XX que mayor trascendencia ha tenido en los últimos años. Sus obras, en donde es fácil encontrar muchas ideas adaptables a nuestro tiempo, siguen hoy reeditándose y se siguen mencionando sus tesis. También es uno de los hombres que simbolizan la barbarie del pasado: murió, seguramente, por su propia mano tras sentir que la Gestapo estaba a punto de atraparle y que no podía huir.

Un 26 de septiembre murió en Portbou, una pequeña localidad fronteriza entre España y Francia, uno de los pensadores más fascinantes del siglo XX, el alemán Walter Benjamin. Era el año 1940 y el otrora vital filósofo estaba desesperado. Hasta entonces había luchado por mantenerse. Por plantar cara al nazismo. Por demostrar que las armas nunca tendrían la razón, porque esta pertenecía a los pensadores y a los artistas. Pero ese día sintió que su romanticismo caía derrotado, justo después de que los guardias le impidieran el paso y viera que se truncaba su sueño de trasladarse a Portugal para escapar de la barbarie nazi. Así que, sintiendo que la sinrazón se había apoderado finalmente del mundo, marchó al Hotel Francia y escribió la siguiente nota: “en una situación sin salida no tengo más opción que ponerle fin”. Poco después descubrían en la habitación su cuerpo sin vida.

Walter Benjamin había nacido en Berlín en 1892 en el seno de una familia de origen judío. Desde muy pronto demostró tener una inclinación por el mundo del pensamiento, así que cuando entró en la universidad en 1912 lo hizo como estudiante de Filosofía, primero en Friburgo y luego en Berlín. Allí viviría la Primera Guerra Mundial, a contracorriente de sus compatriotas, pues pronto se sumó a los movimientos pacifistas; y publicó sus primeros trabajos, que fueron siempre más allá del ámbito del pensamiento, al entrar en materias tan distintas como la historia o la literatura (llegó a traducir, por ejemplo, al alemán las poesías de Baudelaire). También fue en esos años cuando se casó, aunque aquello terminara mal, como sus siguientes romances, al punto de que años después tuvo que hipotecar su herencia por los problemas que tuvo con su esposa y se vio casi sin recursos. Aunque él, optimista, dijera que aquello solo podía ser el inicio de una vida mejor. 

La posición, pues, de un romántico que todavía sentía que tenía mucho por vivir. Aunque el tiempo le quitara la razón. Poco después, llegó el fascismo a Alemania, y él creyó que desde el pensamiento podría convencer a sus compatriotas de los horrores que este traía. Por eso, criticó sin miedos a Hitler y a los industriales y empresarios poderosos que le apoyaban. Porque no entendía que la prosperidad del país estuviera en un movimiento excluyente y cargado de odios, como no creía que el futuro del mundo pudiera estar en mano de los totalitarismos. Y el resultado de todo ello son sus muchos textos al respecto sobre la necesidad de una cultural universal, que se alejara del autoritarismo y el abuso de poder; muy crítica además con el consumismo y la propia noción de progreso occidental (aquí entraría su conocida imagen del “Ángel de la historia”, que contempla cómo ese progreso arrasa con todo y lleva a los hombres y mujeres a un futuro terrible construido sobre las cenizas de la humanidad). 

Pero las ideas de Walter Benjamin iban mucho más allá. Sus tesis en torno al esteticismo político y la cultura de masas, la construcción social de la realidad a partir de la propaganda o la idea de que en la política el espectáculo estaba por encima de la ideología, las desarrolló pensando en lo que veía en su tiempo, pero, leídas hoy, resultan llamativamente actuales. Como lo son también sus ideas en torno a la dicotomía lenguaje-violencia, el derecho o la cultura que ha creado el capitalismo. Todas, abiertas, pues es un autor que abre muchas puertas, pero que no tuvo tiempo de cerrarlas, por eso resulta fácil reinterpretarlas a partir de sus propias palabras.

Fiel a sus ideas, cuando marchó lo hizo ligero de equipaje. Una maleta de piel, una pipa, un reloj, un pasaporte, seis fotografías, una radiografía, unas gafas, distintas revistas, cartas y un poco de dinero fue todo lo que tenía cuando le encontró la muerte. Y, sin embargo, el paso de los años demostró que no estaba tan equivocado y que tenía todavía mucho que aportar. Que sus ideas en torno al pensamiento, la cultura y la historia, pese a estar inconclusas, encajaban perfectamente en el mundo que iba a seguirle. Por eso a pocos pensadores de su época se les ha dedicado en el siglo XXI tantas reediciones como a él. Quizá, porque no solo saben leer nuestro presente, también porque han logado recoger algo que inevitablemente compartimos con Walter Benjamin: nuestras mismas incertidumbres.