miércoles, 28 de septiembre de 2022 06:32h.

El Cid (2020). Quizá en la segunda temporada

Amazon Prime estrenó el pasado 18 de diciembre “El Cid”, una miniserie de cinco capítulos protagonizada por Jaime Lorente que trata de narrar la historia del joven Rodrigo Díaz de Vivar en el convulso escenario de los reinos hispanos del siglo XI. El resultado es una obra que debería modificar más adelante algunos aspectos para convertirse en la serie que un personaje tan importante como este merece. 

El Cid
Detalle del cartel de "El Cid"

Hay un “gag” que los chicos de Muchachada Nui realizaron en la gala de los premios Goya del año 2013 que siempre que veo me hace reír. En él, Carlos Areces propone nuevas categorías para los galardones del cine español y entre ellas incluye las de “mejor comedia no pretendida” y “actor joven al que se le entienda hablando” (como categoría honorífica). Precisamente, las frases que se cruzaron por mi mente, una y otra vez, mientras veía el primer capítulo de “El Cid”, la serie que Amazon Prime estrenó este 18 de diciembre.  

Luego, llegaron los demás capítulos y la cosa (sobre todo al final) mejoró un poco. En parte, porque decidí no hacer caso a las muchas licencias históricas que los guionistas se han permitido (es difícil meterte en la serie cuando ves esos vestuarios anacrónicos, esos cuerpos depilados con dentaduras blancas y perfectas o esa Zaragoza que parece Damasco y por la que pasean árabes disfrazados). A fin de cuentas, en una obra de ficción lo importante no es reflejar la historia tal cual (aunque se agradece que las desviaciones que se hacen tengan cierto sentido), sino que logre divertirte y te ofrezca experiencias nuevas.

Pero aquí es donde está el problema: porque aunque es posible que El Cid entretenga a muchas personas, igual transmite una sensación de “déjà vu”, porque casi todo lo que aparece allí se ha visto ya, y mucho mejor, en otros sitios. Sin olvidar que la trama no sabe aprovechar el rico ambiente de confrontación que se vivieron los distintos reinos de la Península Ibérica durante el siglo XI; incluidas sus muchas conjuras políticas y bélicas. Los personajes son planos y, aunque se inspiren en las figuras históricas, están construidos a base de tópicos: los reyes quieren poder, los nobles anhelan el trono, los obispos son corruptos, hay vasallos humildes que son muy buenos y los malos, en cambio, son llamativamente malvados. Y esto en una serie que basa la mayor parte de su metraje en la interrelación entre sus personajes (con algunos momentos de acción, como su sangriento cuarto capítulo) resulta desde luego un escollo. Y más cuando el guionista pone, potenciando los anacronismos, algunas tramas de reivindicación feminista que, pese a su carácter secundario, sinceramente, no encajan.

En todo momento se tiene la sensación de que se ha perdido la oportunidad de construir algo especial. Algo que, incluso, llegase a despertar debates en torno al uso de la Historia, el modo en que hemos visto el pasado los españoles y cómo nos hemos pensado a lo largo de los siglos.​

También podría haber sido esta una serie cuyos problemas de guion los solventasen sus actores y actrices con unas interpretaciones de calidad. Pero aunque hay algunos que convencen, como  por ejemplo José Luis García Pérez, que hace del rey Fernando I de León, hay otros que no parecen tener claro su papel. Sobre todo, su protagonista, Jaime Lorente, que pese a tener ante sí el difícil reto de encarnar a quien ha sido uno de los principales símbolos de la Historia de España, realiza el trabajo sin apenas dar matices al personaje (¿es necesario apretar los dientes en casi todos los planos?, me pregunto). Y esto, junto a las frases poco inspiradas que le dan, provoca que para el espectador sea muy difícil entender el proceso que convierte a ese joven escudero en el héroe de la leyenda. Ese “baraka” del que hablan los musulmanes y que despierta la devoción de todos tras participar en la batalla de Graus (una nota: efectivamente, el Cid histórico combatió allí, frente a los aragoneses, cuando rondaba catorce años).Pero no. Este Cid no es nada atractivo. Es un guerrero más, sin nada especial, y por eso en ningún momento se entiende que los demás actores le observen todo el tiempo con admiración. Como si con ello el director tratara de compensar la falta de carisma que tiene.

De modo que, al final, el intento de hacer un “Juego de tronos” basándose en la historia de España (y quien conozca el siglo XI y lo que pasó con los herederos de Fernando sabe bien que esto es posible) no termina como hubiéramos deseado. Y en todo momento se tiene la sensación de que se ha perdido la oportunidad de construir algo especial. Algo que, incluso, llegase a despertar debates en torno al uso de la Historia, el modo en que hemos visto el pasado los españoles y cómo nos hemos pensado a lo largo de los siglos.

Y es que se pedía algo más a esta serie, dado el generoso presupuesto con que se ha contado para rodarla y distribuirla (no olvidemos que se ha doblado, incluso, al japonés y que tiene subtítulos en casi treinta idiomas). De hecho, esta podría haber sido la obra que contestara, desde lo que sabemos hoy día, a las producciones que se han hecho en torno al Cid, sobre todo, la película que rodó Anthony Mann con Charlton Heston al frente. Desafortunadamente, no parece que, al menos de momento, vaya a ser así. Ojalá la segunda temporada de la serie permita cambiar todo esto.

* Lorena Ríos es Licenciada en Historia