miércoles, 28 de septiembre de 2022 06:32h.

La miniserie de “El nombre de la Rosa”. Una adaptación fallida

En el año 2019 se estrenó la adaptación televisiva de El Nombre de la Rosa, la famosa novela de Umberto Eco. Una serie de ocho capítulos que, a priori, partía con importantes alicientes: un reparto interesante, unos escenarios muy trabajados y la posibilidad de ir más allá de lo que se había hecho en la versión cinematográfica de 1986. ¿Cumple o no con las expectativas? Lo analizamos a continuación.

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Cartel de la serie (con Adso en primer plano)

No siempre es fácil conjugar dos artes como son la literatura y el cine. Por eso cuando se produce la adaptación a la pantalla de algún libro es habitual que muchos de sus viejos lectores se sientan decepcionados por el resultado y aseguren que faltan partes, que se ha modificado y simplificado la historia y que se ha alterado demasiado a los personajes. De allí el mérito que tiene el hecho de que el francés Jean-Jacques Annaud lograra en 1986 convencer tanto a público como a crítica con su adaptación al cine de El nombre de la Rosa, la famosa novela de Umberto Eco. En buena parte, porque si bien la novela es extraordinariamente compleja y ofrece muchas interpretaciones, hay una vertiente –la más sencilla- que encaja muy bien en este tipo de adaptaciones y es la que permite entender el título como una novela negra de asesinatos y detectives que tiene lugar en el medievo. Así, al centrarse en esta circunstancia y olvidar las otras lecturas, Annaud filmó una obra que aunque ofrecía algunos cambios respecto a la trama (y elipsis sutiles que daban lugar a algunos pasajes que no se entendían sin haber leído el libro), igual respetaba muy bien la atmósfera de la novela. Además, gustó mucho la elección de los actores de la película, tanto de los secundarios (especialmente, con Ron Perlman,que sin duda era el  mejor de los Salvatores posibles), como de los principales, sobre todo, Sean Connery, que con su talento supo convertir a Guillermo de Baskerville en un carismático Sherlock Holmes del siglo XIV.  

Esta fue la única adaptación del libro de Umberto Eco hasta que en tiempos más recientes alguien, en busca de nuevos productos para las plataformas digitales, pensó en hacer una versión para la televisión. Una idea que, a priori, resultaba prometedora: había mucho material en la obra original y se podía así mostrar todo aquello que la película, por falta de horas, había tenido que dejar de lado. En el proyecto se involucró personalmente el actor John Turturro (Do the right thing, Barton Fink, Quiz Show El Gran Lebowski), que tomó para sí el tremendo reto de encarnar al mismo personaje que había interpretado Connery; y pronto se anunció la presencia de otros actores conocidos, como Rupert Everett (La boda de mi mejor amigo) o Michael Emerson (Lost). Todo ello, junto a la confirmación de que el propio Umberto Eco había dado el visto bueno, hizo que muchos se frotaran las manos a la espera de que se completaran los ocho capítulos de que iba a constar la adaptación.

El resultado final está muy lejos de alcanzar las sensaciones que logró transmitir Jean-Jacques Annaud.  Y es que se pierde en una serie de tramas que no aparecen en la novela y que no casan bien con el título original. Y todo, por un error grave: se ha intentado adaptar la historia al pensamiento y a los gustos del público actual.

El resultado final, sin embargo, está muy lejos de alcanzar las sensaciones que logró transmitir Jean-Jacques Annaud. Sí. Porque si bien es cierto que al principio la serie copia la estructura y el ritmo de la película, también lo es que pronto se pierde en una serie de tramas que no aparecen en la novela y que no casan bien con el título original. Y todo, por un error grave: se ha intentado adaptar la historia al pensamiento y a los gustos del público actual. Por ejemplo: aquí tiene tanto peso la trama detectivesca como la historia amorosa que protagonizan Adso y una joven campesina que apenas aparecía en algunos fragmentos del libro. Y eso hace que, al final, el protagonista de la serie parezca, a ratos, Adso, y que Guillermo de Baskerville, que en la novela y en la película era el verdadero eje de la trama, quede en algunos capítulos totalmente arrinconado.

Además, el desplazamiento que provoca esta tópica historia de amor queda reforzado por el aspecto de los actores que la protagonizan. Así, la chica (interpretada por Antonia Fotaras) no tiene nada que ver con la joven del libro, ni, tampoco, con la de la película (que se muestra casi salvaje); y menos aún, Adso (Damian Hardung), que muestra un torso musculado y depilado, con unos abdominales, pectorales y bíceps perfectos que bien poco pueden encajar con las circunstancias de un novicio que sigue las órdenes de un maduro monje franciscano, por mucho que los guionistas se hayan sacado de la manga (porque Umberto Eco nunca dijo nada de eso) el hecho de que, antes que monje, Adso fuera un soldado que había combatido a las órdenes de su padre.

Estas concesiones podrían, sin embargo, aceptarse, si al menos hubieran desarrollado mejor otra de las grandes tramas del libro, esto es, la del debate en torno a la posición de la Iglesia ante las herejías que recorrían Europa en el siglo XIV. Pero, sin embargo, los asuntos en torno a lo sucedido con Dulcino y sus acólitos aparecen aquí como una especie de caricatura de lo que se cuenta en el libro, al punto de que ni siquiera está bien desarrollado el personaje del inquisidor Bernardo Gui. Además, sorprende el papel inesperadamente protagónico que se da a Remigio da Varagine, el ex compañero de herejías de Salvatore (que, por cierto, en esta adaptación aparece más bien poco) y, sobre todo, la inclusión de algunos personajes femeninos poco inspirados que muestran actitudes que son más propias del siglo XXI que del momento en que se inspira. Es el caso de, por ejemplo, la hija de Dulcino, que, simplemente, no logra encajar.

Estas concesiones podrían, sin embargo, aceptarse, si al menos hubieran desarrollado mejor otra de las grandes tramas del libro, esto es, la del debate en torno a la posición de la Iglesia ante las herejías que recorrían Europa en el siglo XIV.

Pero lo peor de todo es que, al final, tanto cambio no logra atrapar al espectador. Más bien, todo al contrario: la serie acaba resultando demasiado lenta y demasiado pesada. Tanto que, al final, hasta las tramas más interesantes (incluida la de los asesinatos de la abadía) parecen perderse entre los añadidos y las historias alternativas.

Demasiadas concesiones, pues, para un libro que en ningún momento quiso caer en los convencionalismos. Incluido, el de convertirse en un best seller. De hecho, la serie provoca un enorme daño a la obra original de Umberto Eco, precisamente, porque quien la vea sin haber leído el libro pensará que El Nombre de la Rosa solo fue una novela histórica más, tópica incluso, cuando en su día fue precisamente todo lo contrario. Habrá que esperar algún tiempo más para que alguien le de una nueva oportunidad.