martes, 28 de junio de 2022 20:38h.

Hermann Hesse y 'El lobo estepario': la búsqueda del ser humano frente al nihilismo

Hermann Hesse fue el escritor más leído de la literatura alemana durante el siglo XX. Y buena parte de la “culpa” de ellos la tienen los movimientos contraculturales que surgieron en los sesenta y que hicieron que sus Siddhartha y El lobo estepario se convirtieran en los libros de referencia de muchísimos jóvenes. Pero, ¿fue la lectura que se hizo entonces justa con las intenciones de Hesse? 

Herman Hesse
Hermann Hesse

En 1892, cuanto aún le faltaban unas semanas para cumplir los 15 años, Hermann Hesse se escapó del semanario de Maulbronn. Lo hizo, según aseguró años después en sus memorias, porque no quería estar en un lugar que le imponía unas reglas que él consideraba inútiles y que además le impedían estudiar poesía (“Seré poeta o nada”, escribió en su autobiografía al recordar este episodio). Luego, a los 37, tras presentarse voluntario para combatir por Alemania en la Primera guerra mundial (al final lo que hizo fue asistir en Berna a los prisioneros), escribió un artículo contrario al nacionalismo que le llevó el rechazo y el enfado de la prensa del país y, también, de algunos de sus amigos. Y, finalmente, a los 55, rechazó el nazismo, logrando que inmediatamente se prohibieran sus obras en su país. Tres momentos, pues, muy distintos en el tiempo que demuestran que Hermann Hesse, ante todo, buscaba ser fiel a sus sentimientos. Hasta en los peores contextos.

A la llegada del nazismo el escritor ya había publicado las dos novelas que harían de él durante el siglo XX el escritor más leído de la literatura alemana: Siddhartha (1922) y, sobre todo, El lobo estepario (1927). La primera, tras haber buscado respuestas en la cultura hindú a la crisis que vivió durante la guerra, durante la que además de las experiencias bélicas sufrió la grave enfermedad de su hijo Martin, la muerte de su padre y la enfermedad mental de su esposa. La segunda, tras la depresión que le provocó la ruptura de su segundo matrimonio; y que le arrojó a un periodo en el que se aisló del mundo para recomponerse y protegerse. Por eso este libro es una indagación sobre la soledad y su protagonista, Harry Haller, un alter ego del mismo Hesse. El paso del tiempo, sin embargo, tergiversó el mensaje original que él buscaba. Y así, en los sesenta, Haller pasó a encarnar la rebeldía y el individualismo y Hesse se convirtió en una suerte de Nietzsche del siglo XX que defendía la soledad y el desapego. Precisamente, todo lo contrario de lo que él había buscado. Porque donde Nietzsche solo hallaba destrucción y misantropía, Hesse buscaba amor y contacto de una forma desesperada. Otra opción, para él, incluida la vida fuera de la sociedad, era un fracaso.

En 1946 ganó el Nobel de Literatura, en parte, por estas obras, pero, sobre todo, por El juego de los abalorios (1943), obra que escribió en los últimos años del nazismo y en la que defendió la construcción de una cultura que no naciera del rechazo, sino del sincretismo. Fue, además, la última que publicó, pues a partir de la concesión del premio no parece que tuviera interés en retomar sus hábitos novelescos. Aunque no por ello dejara de crear. En sus últimos años, por ejemplo, siguió pintando (empezó a hacerlo cuando ya había pasado los cuarenta) e incluso se atrevió a componer una ópera. Moriría el 9 de agosto de 1962, tras una década en que sus libros habían alcanzado mínimos históricos de ventas. Nunca supo, por tanto, lo que deparaba a sus obras después de que, con las llamadas al mundo hippie, las relecturas de la generación beat y los mayos del 68, la contracultura le pusiera de moda y lo convirtiera en una especie de “gurú” para muchos jóvenes. Precisamente, por ofrecer realidades alternativas y haber creado a personajes tan rebeldes como el de Harry Haller.

Luego, como casi todo lo que llega al gran público, Hesse fue rechazado y atacado, poniendo en tela de juicio incluso su calidad literaria. Algo, injusto para un hombre que dejó tantas obras, cuentos, poesías y reseñas y que no se quiso encerrar en los tópicos. Y que puso a los humanos por encima de las construcciones físicas o abstractas. Y es que, como expresó: “No reniego del patriotismo, pero primeramente soy un ser humano, y cuando ambas cosas son incompatibles, siempre le doy la razón al ser humano”. No en vano, como demostró desde que era adolescente y exigió estudiar poesía, estaba convencido de que solo los sentimientos podían ofrecer la cura a la tristeza.