martes, 28 de mayo de 2024 00:03h.

‘Las aventuras de Astérix’: 62 años de arte, humor e historia

El 29 de octubre de 1959 el público conoció al personaje de Astérix en la revista Pilote. Poco podían imaginar entonces sus creadores, René Goscinny (1926-1977) y Albert Uderzo (1927-2020), que este iba a convertirse en uno de los más importantes del cómic mundial. Su obra, además, ha ayudado a que varias generaciones de jóvenes (y no tan jóvenes) se hayan aproximado tanto a la historia antigua como a la contemporánea.

Llevaban ya algunos meses preparando la idea: poner en marcha una revista para jóvenes con artículos e historias gráficas que permitiera a sus autores desplegar todos sus talentos. Que no eran, desde luego, pocos. Allí estaban, por ejemplo, Jean-Michel Charlier (el futuro autor de la fantástica Blueberry), además del ya aclamado René Goscinny y del dibujante Albert Uderzo. Tres nombres que podían hacer pensar que aquella obra estaba destinada a escalar a lo más alto.

La revista, que se llamó Pilote, salió a las calles el 29 de octubre de 1959, y desde el primer momento fue un éxito de ventas. En parte, por las historias que dedicaba a un pequeño galo del siglo I antes de Cristo llamado Astérix y que junto a su amigo Obélix iba a convertirse en el más importante personaje del cómic francés. Y que, seguramente, beba mucho, en sus inicios, del tiempo que le tocó vivir: el mismo en que De Gaulle se hacía con la presidencia de la República francesa e iniciaba una política chauvinista durante la que se quisieron recordar las grandes gestas del país y se quiso dejar clara su independencia respecto a los organismos supranacionales y las superpotencias. Algo que recuerda al planteamiento que hicieron para el cómic Goscinny y Uderzo, que hablaron de una aldea poblada por irreductibles galos que resistía, con sus costumbres y modos de ser tradicionales, al invasor romano. Aunque se hiciera desde la ironía y del humor y, cosa muy importante, tratando de evitar que la obra se convirtiera en una forma más de propaganda nacionalista.

Esto, sin embargo, son solo detalles. Lo importante es que Astérix logró transmitir a muchos jóvenes una parte de la historia de Europa. Con sus obras, muchos conocimos a Vercingetórix, el hombre que unió a las tribus galas y se enfrentó al poder de Roma, aunque lo hiciéramos sin entender bien cuál era aquel lugar del que no querían hablar, Alesia (en El escudo averno) o riéndonos al ver cómo Eseautomátix se desesperaba al escuchar las historias que le narraba Edadepiedrix sobre sus combates en Gergovia (en Astérix y los juegos olímpicos). Del mismo modo que conocimos la personalidad de líderes como Julio César y Cleopatra (o incluso Brutus, que logró despertar nuestras risas en varios volúmenes); o aprendimos algo más de las guerras por el poder entre  Julio César y Escipión (en el hilarante –y genial- Astérix legionario). Sin olvidar, por supuesto, todo lo que aprendimos sobre las costumbres de la época, su arquitectura y monumentos o sus formas de entretenimiento (así, Astérix y Obélix visitan teatros, termas, circos e incluso van a unos juegos olímpicos).

Claro, por supuesto, el cómic está repleto de anacronismos y mitos que Goscinny y Uderzo modificaron en aras de la diversión (los menhires, por ejemplo, son muy anteriores a esa época), pero esto no resta valor en ningún momento a su obra, sobre todo, si consideramos que es precisamente el anacronismo uno de los recursos más inteligentes que emplean, pues les permite introducirse en la historia contemporánea y darnos a conocer algunos aspectos de la segunda mitad del siglo XX desde el humor. Aunque eso les lleve a caer en numerosos tópicos. Por ejemplo, mientras en Astérix en Bretaña los bretones son educados, toman cerveza tibia y agua caliente (el antecedente del te) y preparan una comida horrible; en Astérix y los godos, de 1963, los germanos aparecen de un modo mucho más desfavorable, sin duda porque todavía estaban cerca los desastres de la Segunda Guerra Mundial (eso sí, los cascos que llevan los godos son similares a los Pickelhaube alemanes de la Gran Guerra y uno de sus líderes se parece mucho a Otto Von Bismarck). Por otra parte, vemos algunas referencias a Napoleón en Astérix en Córcega; homenajes al Manneken Pis en Astérix en Bélgica; o un buen montón de tópicos sobre los españoles en Astérix en Hispania, en donde se les pinta orgullosos, entusiasmados por el flamenco y con un nivel de desarrollo económico peor que el de Francia. Por cierto, aquí, además de homenajes a El Quijote y de referencias disfrazadas a la Semana Santa, Goscinny y Uderzo incluyeron uno de los elementos más curiosos de este volumen: unos soldados romanos que visten como falangistas, de azul y rojo.

(Imagen tomada de la web "Las cosas que nos hacen felices")

Son, pues, solo algunos ejemplos de los muchos que pueblan las páginas de Astérix y que permitirían escribir artículos mucho más extensos que este. En los que se podría tratar, además, esos homenajes que Uderzo (apoyado a veces por su hermano) realizó de algunos de los autores y trabajos más destacados de la historia del arte. De Brueghel el viejo a Rembrandt, pasando por Théodore Géricault, Andy Warhol, el Laocoonte, El Discóbolo de Mirón o El Pensador de Rodin.

Y es que Astérix es una de las grandes obras del siglo XX, además de una de las que mejor ha sabido llevar la historia a muchos jóvenes de muy distintos países y lenguas que se aproximaron a ella buscando, simplemente, el entretenimiento. Por eso es una de las creaciones que deberían recomendar los profesores de historia a sus alumnos, ayudándoles, si es posible, a conocer los matices que contiene cada volumen (también aquellos que hoy día pueden resultar polémicos). No se nos ocurre un modo más divertido de que se aproximen al pasado.