martes, 28 de junio de 2022 20:38h.

Recordando a Raymond Chandler: la otra cara de Philip Marlowe

El personaje de Philip Marlowe se convirtió entre los años cuarenta y setenta en un icono para un público que quiso apartarse de la realidad y trasladarse a un mundo de detectives sarcásticos y escépticos, mujeres fatales y asesinos que trataban de cometer el crimen perfecto. Hoy recordamos a su creador –y, también, su alter ego-, el escritor Raymond Chandler.

Raymond-Chandler.-Foto-Cordon-Press.-min

Decir Raymond Chandler es lo mismo que decir novela negra. Y aunque él no inventó el género –antes estuvo por allí Dashiell Hammet-, no hay duda de que sin sus obras este no hubiera sido el mismo. Con sus libros se convirtió en uno de los referentes de un fenómeno que desde los años cuarenta iba a irrumpir con fuerza en la sociedad de masas. En parte, porque cuando su primer texto, The Big Sleep (El sueño eterno en España), apareció, en 1939, los Estados Unidos, que contemplaban los efectos del nazismo en Europa, necesitaban una visión en que todo, hasta la violencia, tuviera un sentido. Una literatura de escape, aunque fuera violenta, en cuyas tramas no existiera la guerra y al final la justicia triunfara. Porque aunque el mal existiera en esa California que Chandler pintaba, tan lujosa y exagerada como cínica y oscura, nunca el caos lograba prevalecer y al final todo encontraba un equilibrio. Hasta la melancolía.

También era interesante el punto de vista: siempre, desde el punto de vista del protagonista de esas novelas, Philip Marlowe, uno de esos pocos personajes que ha logrado trascender el papel hasta convertirse en un fenómeno cultural de masas. Tanto, que acabó siendo el modelo de detective sarcástico, solitario, cínico, cansado, pero obsesivo en sus labores, que habla con frases cortantes y metáforas que atizan al lector. Desencantado y cínico, irreverente –hasta con sus propios jefes-, pero, pese a todo, honesto. Un hombre que empleaba la violencia pero sin abusar de ella y que nunca imitaba las formas de los delincuentes que perseguía. Un hombre solitario y melancólico, escéptico, pero también, a veces, tierno. Que se resistía a esas mujeres fatales que siempre terminaba por encontrar. Porque, sí, el mundo chandleriano estaba lleno de féminas tramposas, inteligentes y seductoras. Siempre, al servicio de las emociones y el drama.

Philip Marlowe es uno de esos pocos personajes que ha logrado trascender el papel hasta convertirse en un fenómeno cultural de masas. Tanto, que acabó siendo el modelo de detective sarcástico, solitario, cínico, cansado, pero obsesivo en sus labores, que habla con frases cortantes y metáforas que atizan al lector.

Marlowe apareció en  ocho novelas (contando la inacabada Poodle Springs) y todas, salvo esta última y Playback, fueron llevadas al cine. Con títulos tan clásicos y excelentes como The Big Sleep de Howard Haws, que adaptó para la pantalla el mismísimo William Faulkner, pero también decepcionantes, como The Long Goodbye que versionó Robert Altman. Y con actores como Robert Mitchum, James Caan, James Garner o, por supuesto, Humphrey Bogart, encarnando a su protagonista.

El carácter de Marlowe viene también determinado por dos cuestiones. La primera, que aunque Chandler había escrito relatos, que le habían ayudado a encontrar ese estilo directo y cortante suyo, tan brillante en sus diálogos, no publicó su opera prima hasta los 51 años; así que tenía acumulada suficiente experiencia como para saber  hacer personajes maduros que no estuvieran construidos a base de clichés (aunque, al final, acabara creando algunos que muchos copiarían). Segundo, que Chandler dejó mucho de sí mismo en Philip Marlowe. Al punto de que este podría considerarse el alter ego del escritor. Un hombre que, como él mismo se definió, era “sensible y hasta tímido”, “cáustico y belicoso, y unas veces extremo y otras sentimental”. Alguien a quien, además, no satisfacían los términos medios. Alguien que se había acostumbrado a ser retraído y que guardaba tras de sí el sufrimiento de una infancia difícil, con un padre borracho y maltratador que le había abandonado a los ocho años. Alguien que, además, había demostrado que no funcionaba bien para el mundo laboral normal. Sí, había tenido buenos trabajos antes de escribir su primera novela, y hasta había llegado a ser vicepresidente del Dabney Oil Syndicate, pero sus problemas con el alcoholismo, sus ausencias injustificadas y sus aventuras con las secretarias hicieron que sus jefes le despidieran. De hecho, si escribió The Big Sleep fue, en parte, porque en  ese momento no estaba en disposición de poder hacer mucho más.

La muerte de su esposa Cissy en 1954, a la que Chandler no quiso dedicar ningún libro porque, como dijo, merecía títulos más hermosos que los que él escribía, reforzó todos esos problemas. Trató de suicidarse dos veces, sin éxito, y cayó en una espiral de autodestrucción y alcohol. Porque sin su esposa, que había sido uno de sus grandes refugios, Chandler comenzó a olvidarse de sí mismo. Sí, pareció recuperarse al hallar a una nueva mujer, algunos años después, pero ya no tuvo tiempo para reconstruirse. Moriría el 26 de marzo de 1959, en California, a los 70 años. Como un romántico que siempre había hecho lo posible para demostrar que no lo era.